SARA GALLARDO: ENERO
Por María Elena Walsh

Como esta novela no surge de ningún concurso literario ni está traducida del francés, quizás sus posibilidades de ser reconocida como una pequeña obra maestra no sean, al menos inmediatamente, tan numerosas como merece. Quien la comenta, entonces, quisiera desde estas páginas llamar la atención sobre su joven autora, y destacar la excepcional maestría de su primera obra, conjurar precariamente esa amenaza de silencio que parece pesar sobre toda labor argentina de calidad. Por otra parte, el intento de análisis crítico es secundario cuando nos enfrentamos con un verdadero milagro de creación. Éste desborda todo tropiezo, todo posible error, y nos pone en simples exaltadores de sus méritos.
La intención de Sara Gallardo es, en apariencia, modesta. Un relato simple, escueto, verídico, desarrollado en pocas y densas páginas. Por paradoja, un escritor profundamente argentino puede tener una madurez de estilo o un acierto expresivo propios de un europeo. Y muchos que pretenden concebir a la europea caen en un balbuceo y una intrascendencia infantilmente americanos. El estilo de Sara Gallardo es riguroso y despojada como solemos admirar en los novelistas franceses y añorar en los nuestros. No tropieza en el barroquismo selvático ni en el exhibicionismo intelectual. La madurez se deja expresar y no forcejea con la tinta ni los conceptos. Lo elaborado resulta así espontáneo y la autenticidad resalta sobre la apariencia.
Enero es, con obstinada veracidad, un trozo de vida de una humilde criatura de nuestro campo. La autora se limita a describir un paisaje y unos seres que ama y conoce profundamente. Jamás traiciona esos elementos, sino que los hace respirar una inexorable autenticidad. No traicionar es un principio aparentemente sencillo pero poco practicado cuando se aborda un tema telúrico. Es doblemente arduo retratar una realidad sin sacrificar la poesía del medio expresivo, sin caer en la crónica seca o el folklorismo espectacular. Digamos que Sara Gallardo no traiciona a la vida ni a la literatura.
Su lenguaje es desnudo, austero. Su narrativa, hecha de económicas y exactas pinceladas. Posiblemente el clima poético no provenga sólo de una ingeniosa distribución de metáforas sino sobre todo de un sentido de la síntesis propio de la poesía. No nos agobia con laboriosas referencias en pretérito ni con detalladas descripciones. Los personajes se van perfilando en la imaginación del lector – a quien la autora parece considerar y respetar- gracias a pequeños datos, a activas sugerencias llenas de gracia y reciedumbre. Abunda en imágenes de agilidad cinematográfica, cualidad que sin duda el lector moderno exige de la novela, no tanto por pereza, sino por una saludable impaciencia mental que lo obliga a participar completando lo sugerido. Esta agilidad es otro de los méritos de Sara Gallardo. Su certera fuerza no decae ni se pierde en disquisiciones. Su claridad, además, es otro curioso síntoma de respeto por el lector.
Hay en la verdad desnuda una poesía que se suela buscar infructuosamente en el artificio. Nada ha hecho la autora de Enero por pulir el lenguaje ni sublimar la subjetividad de los seres de nuestro campo. Hablan y viven en el libro con sus propias palabras y sus sentimientos originales; no están traducidos a lenguaje literario, y configuran sin embargo una literatura auténticamente elaborada, una poesía natural. En un momento en que la lírica pretende prosificarse e intelecturalizarse hasta el más ajeno hermetismo, surgen novelistas como ésta, que dan a la prosa y al retrato de lo cotidiano una viva jerarquía poética, y consuman el desprestigio del invernadero intelectual.
Cuando la novela argentina aborda temas del campo, suelen encararlos desde el punto de vista del terrateniente. No descontando sus valores positivos, a menudo resultan una mezcla de genealogía con manual de urbanidad. Se nos pretende instruir en diversas disciplinas estéticas y deslumbrar con trabajosas ideas europeizantes para las que el campo no es más que un lujoso telón de fondo. Sara Gallardo, en cambio, siente en su libro con el corazón de una muchacha tosca, sometida a una amarga serie de circunstancias íntimas, familiares y sociales. No la describe como espectadora, sino metida dentro de su inocencia y su desvalidez. No sé si esta sola característica permitiría dar a su novela – tan distante, por otra parte, de todo panfletismo- un adjetivo sospechoso como el de social. Sara Gallardo no parece tomar partido ni levantar juicio. Sin embargo, la elección del tema implica ya, si no una acusación, al menos una sincera preocupación por problemas que rebalsan lo individual y comprenden un conglomerado de circunstancias sociales. Soslaya con cierta ironía el mundo de los privilegiados, su omnipotencia moral aliada a la fría distancia que los empresarios de la religión mantienen con los desposeídos. Pero no carga las tintas sobre unos ni otros, ni permite que el desenlace ofrezca fatales moralejas. Sin embargo, resulta un documento conmovedor de humanidad y de justicia. Es una novela de amor, no color rosa sino color tierra. El protagonista real es el amor adolescente, fracasado y absurdo. La desesperación de una criatura, su noble desamparo como mujer y como desposeída, están narrados con tal hondura que esta novela tiene un destino de conmover y apasionar, y no puede ser simple ocasión de entretenimiento, a pesar de que rehuye el patetismo y sabe decir lo grave con amenidad. Saca a flote demasiada injusticia, demasiada soledad, y al mismo tiempo levanta un inocente sabor a tierra americana que nos remite a las antípodas del lustrado aburrimiento a lo Sagan. Esta crónica, que pretende ser sólo valorativa, cae en la agresión de comparar, comparación caprichosa ya que se trata de dos escritoras que no tienen más punto común que la juventud y el talento. Pero no exhumo tan gratuitamente el zarandeado nombre de Sagan, sino por haber recordado una frase que un crítico francés dijera celebrando siniestramente la aparición de Bonjour Tristesse: “Las mujeres han permanecido silenciosas durante siglos. Después de mucha bulla conquistan el derecho de expresarse y ser oídas. Pues bien, si esto es todo lo que tienen que decir, podrían seguir calladas.” Sin duda, el mundo actual presta una atención especial al “mensaje” de la mujer, le exige que “tenga algo que decir”. Francoise Sagan, Pamela Moore, y una serie de adolescentes fabricadas, prolongan en la literatura la tediosa rutina del salón y el bordado femenino. Quizás por esa misma causa, se consagra ruidosamente en ellas esos valores obvios y decadentes que se suponen atributos exclusivos de la mujer.
Permítaseme juzgar por oposición: Sara Gallardo está en una conducta literaria opuesta a la que simboliza Francoise Sagan. No deslumbra con un ejercicio de habilidad, sino que pone su don sal servicio de ese “algo que decir” que el tiempo exige de un escritor para consagrarlo seriamente, más allá de circunstancias de sexo y edad, más allá del éxito organizado y la gloria de utilería.


   
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Entrevista Revista La Nación

  federata.com.ar - Año 2. Nº 23 - CÓRDOBA - ARGENTINA - Diciembre de 2003.
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