SARA GALLARDO
Por Griselda Gambaro (Tomado de “Escritos Inocentes”, Editorial Norma)

El 15 de junio (1988) supe la noticia de la muerte de Sara Gallardo. No me decido aún a mirar La rosa en el viento donde en la contratapa hay una fotografía suya tomada en un día de invierno no sé en qué lugar. Encontrarla de nuevo será para otra existencia, de ella y mía. Un ser hermoso, lleno de pudor, buscando algo que seguramente no halló nunca.
Recuerdo perfectamente cada ocasión en que la vi, lo que me sucede con pocos personas. Nos conocimos hacia 1972 en la antigua Radio Municipal; yo había tenido una audición en una cabina a la que se llegaba por una angosta escalera de caracol. Cuando bajé, ella estaba sentada en los últimos escalones. Se levantó para dejarme pasar y se dio a conocer, amable, cálida. No volvimos a vernos hasta que, después de varios años, nos encontramos en Barcelona durante los tiempos de la dictadura militar. Con su impericia práctica, con la que sin embargo sobrevivía, ella había alquilado un piso frío y casi desprovisto de muebles por el mismo precio que nosotros habíamos alquilado uno mucho más confortable en el mismo barrio.
Tengo presente su generosidad con mi novela Ganarse la muerte , que yo le había acercado en Barcelona con cierto temores, sabiendo que recorría caminos tan distintos del mío. Pensaba que la crueldad de esa novela la espantaría. No sucedió así. Me llamó por teléfono al día siguiente y si hablé de generosidad fue porque en esa ocasión ella subrayó mi condición de escritora y comparativamente, injustamente, desestimó la suya. Ella era tan escritora como yo; quizá, por razones que ignoro, desconfiaba de sus aptitudes o la asustaba poseerlas. Tenía como una necesidad de desprenderse que llevaba a lo práctico: cambio de lugares, de países. Regalaba sus cosas y empezaba de nuevo. Usé algunas de sus blusas y camisas, y no usé prendas más extrañas: un traje impermeable de pescador de truchas, un pantalón tirolés, verde, de cuero, con dos flores de nácar. De ella, tengo aún un peligroso juego para chicos, una especie de cañón de resorte que arroja balines y un sacapuntas de hierro, ya sin filo. Otras cosas que heredé, quedaron en Barcelona.
Siempre le sucedían aventuras inverosímiles que contaba con mucha gracia. En Suiza, ante el pánico de su hijo menor que la acompañaba, había querido robarse de un bosque un pequeño pino para su fiesta de Navidad, nada menos que en un país tan celoso de las buenas costumbres como es ése. Un día había querido visitarnos en Cadaqués y nos llamó por teléfono desde Figueras, a mitad de camino, donde se había quedado varada sin un céntimo. Fuimos a buscarla. Se había lanzado al viaje simplemente porque quería vernos o quería ver el mar. Ella sabía que de algún modo haría el viaje, que de algún modo regresaría. Y así fue.
En el barrio catalán donde vivía, desconfiado y casi hostil hacia los argentinos, ella conseguía crédito de los comerciantes. ¿Cómo lo lograba? Seguridad de clase, ciertamente, pero también un encanto, una transparencia fundamental a la que resultaba difícil resistir.
Cuando su segunda marido, el escritor Héctor Murena, murió, al poco tiempo le habían hecho en Buenos Aires una sesión de homenaje. Contaba entre risas cómo Marta Lynch la había desplazado de su papel de viuda ubicándose en el estrado; vestida de viuda, decía, Marta se había apropiado en su discurso de Murena poniendo de relieve una estrecha relación que según Sara nunca había existido. Habló con encanto y humor de esa sesión de homenaje, aunque siempre guardó para sí celosamente los datos de ese final de Murena que la tocó tan de cerca.
Con Sara Gallardo nunca hablamos de nada demasiado importante, nada íntimo, pero su presencia volvía todo más luminoso, y esa luz es la que envuelve y perfila su recuerdo. Aprecié la real dimensión de su literatura mucho más tarde, cuando leí sus cuentos cortos, y Los galgos, los galgos, Eisejuaz. En esa época ella nunca me habló de sus libros ni les puso valor. En cambio, hablaba voluntariamente de sus notas, de sus entrevistas, una con Antonio Di Benedetto a quien había aterrorizado en su modestia citándolo en el Ritz. Podía copiar sus notas, modificándolas ligeramente, de revistas extranjeras cuando el tiempo o la necesidad la urgían; traducía de idiomas que sabía malamente, se metía en proyectos que me parecían locos y nunca provocó el menor reparo en lo que llamaría mi intransigencia, nunca pude medirla como medía a los otros. Era magnífica. E inocente.
Durante la dictadura escribió varias notas sobre mi trabajo, en esa época silenciado. Con cierta inconsciencia y sin ningún éxito, algunas envió a Buenos Aires, una de ellas a La Nación.

   
23. Sara Gallardo

.: Sara Gallardo, una mujer en carne viva
Por Daniel Pliner

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.: Sara Gallardo frente a Sara Gallardo
Entrevista Revista La Nación

  federata.com.ar - Año 2. Nº 23 - CÓRDOBA - ARGENTINA - Diciembre de 2003.
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