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POR QUÉ ME FUI. Con Sara Gallardo en Barcelona
Por
Esteban Peicovich
Ella, su vida hoy, sus hijos, los libros que recuerda, los libros que ahora escribe, la infancia, el viaje,los catalanes, las confesiones, todas las cosas.
Sara, ¿qué harás aquí?, le pregunto en Barcelona. Las agujas de La Sagrada Familia, de Gaudí, cruzan un cielo de hojalata. Llueve. Es el día del Padre y está este oficio de uno: buscar para contar qué será de Sara Gallardo que se fue hace un año del país, levantó casa, el ancla de una vida, junto a sus hijos, subió a un barco y se vino. Me digo qué hará Sara aquí y la memoria dibuja en el vidrio del taxi la cara que Murena tenía esa noche en La Plata cuando hablamos durante, por lo menos, diez cafés. Y ahora la cara de Luis saliendo conmigo de Platea, cruzando el bajo, y entrando en mil zapaterías, porque los zapatos que Luis quiere son como difíciles de hallar, como no hechos todavía. Y está esa cara de Sara. Modiglianesca cara que allá por el 65 hacía temblar las redacciones como si fuese una Juliette Greco de boutique, más fraguada en el Richmond de Florida que en las cuevas que la porteñería nunca tuvo. Llueve más ahora y el recuerdo sigue estas cabriolas, mientras el taxista tararea bordeando el puerto donde flota la carabela “bis” de Colón porque fue aquí (a 50 metros de aquí, en este instante) donde por primera vez un pie americano pisó la vieja Europa. Que sí, que estaban los reyes de España de paso en Barcelona cuando se lo anunciaron, y dispusieron mejor sería que Colón se venga hasta aquí con todos esos bártulos que dice descubrió y eso hizo Cristóbal, desembarcando indios, plantas, flechas, flores, semillas. Todo eso descendió Colón a 50 metros, allí, donde ahora comen las gaviotas. No, a Sara Gallardo no. Ella vino por su cuenta mucho más tarde. El año pasado fue que vino. Descendió del Angelina, barco italiano, con sus hijos. Y ahora vive aquí. No sé bien dónde, pero el taxista dice que no muy lejos de aquí. Que tres minutos nomás.
Fue raro llegar a una ciudad en donde no nos conocía nadie. La gente de la editorial Pomaire , que debía esperarnos no estuvo. Y era extraño llegar a una ciudad donde nadie nos dijera “hola, cómo están”, muy solos, con la perra, los baúles, hasta el lavarropas (que después me dio vergüenza porque era más elemental que los de acá). Bueno, y frazadas, sábanas, libros. Por un señor, don Ismael, que nos esquilmó un poquito, fuimos a parar con su camioneta a la Plaza Real, que más tarde nos enteramos es una plaza llena de navajeros, de esas con fama de peligrosa. La plaza negra, sórdida, de la ciudad. Pero el albergue era limpio y lo pasamos bien todos juntos. Sólo había un cuarto con dos camas de matrimonio, donde dormíamos los cuatro, y la perra en un rincón. También había una bañadera detrás de un tabique. Fue divertido por unos días. Luego la gente de la editorial nos pasó a un departamento en el barrio chino. Un lugar fantástico, con muchos árabes que venían a la clínica de Barraquer a tenderse de glaucomas. Un barrio de Babilonia, con todos esos personajes de puerto y de novela. Bueno, los chicos grandes (Paula y Agustín) se fueron de paseo a Venecia mientras Sebastián y yo buscábamos casa. A los pocos días llegó mi hermano Guillermo, de Alemania, y nos acompañó. Claro, los primeros días todo parecía muy sórdido. Es como si uno llegara a Buenos Aires y se quedara a vivir por el bajo, sin salir de allí. Pero pronto le tomamos el ritmo a la ciudad y a la gente catalana, que es de una tolerancia de maravilla. Lo vi en el mercado, en la calle. Descubrí que los catalanes tienen mala prensa, porque se dice que son amarretes y odiosos, y sin una maravilla. Sorprendidos por la perra (aquí no se ven galgos) la gente nos paraba en la calle. La perra fue como una contraseña. Íbamos a los mercados a deslumbrarnos con todos esos pescados que hay aquí. Con ese refinamiento del catalán por las mercaderías, que le viene de los fenicios. Esa humildad, nunca ese defecto nuestro de sentir “yo soy más que mi oficio”. Al revés, como debe ser. Una compenetración con el papel que a cada uno le ha tocado en la vida. El panadero feliz de ser panadero, todos así, y eso es grandioso.
Fue una charla larga, una confesión de buzos en el fondo del mar: no en vano estaba la Argentina en nosotros y no allá, a 12.000 kilómetros como mienten los mapas. Y éramos muchos más que nosotros dos los que hablamos. Un túnel del tiempo: la belleza de Paula Pico Estrada relampagueando, el andar inquieto de Agustín Pico Estrada en su mundo de música y misterios, la ternura de Sebastián Murena ayudando a poner la mesa, asistiendo a su madre más allá del hijo. Y obviamente esa Sara Gallardo del Ultramar, que pela papas, aprende digitopuntura en unas láminas de anatomía china punteadas como un diagrama ferroviario, o sonríe feliz con la tapa de La rosa en el viento, libro que irá a presentar el mes que viene a Buenos Aires. Y se supone que había entrevista de por medio. ¿Dónde empezaron las preguntas y terminaron las respuestas? Un periodismo emocionado y glotón se adueñó del encuentro. Sara habló como nunca. Confieso que habiendo puesto todo en diálogo formal hubiera sido una traición a lo mejor que tienen las palabras. Digamos mejor que hubo, por ejemplo, una pregunta inicial. Y después esa desmesurada y conmovedora respuesta que ahora sigue:
- Oíme, Sara ¿empezamos por el principio?
Yo nací en la calle Libertad al 1200. Casa vieja. Creo que está todavía. O tal vez fue Charcas y Libertad la casa. No sé bien. Soy Capricornio y con Sagitario. Centauro que me maneja mucho. Bueno, realmente de esa casa parece que no me acuerdo mucho. Yo tenía un hermano mayor, Guillermo, que es cantante de opera en Alemania y ahora está presentando allí un concierto hecho por él que se llama Animalia . Y se llama así porque los animales tienen mucho que ver con mi familia. Mi abuelo era un naturalista –Ángel Gallardo- y esto hizo que sus hijos, entre ellos mi padre, y el mundo se transforme enseguida en algo natural. Pasás por un baldío de la ciudad y te dice “esa es una variante del tabaco”, ve un charco la borde de una vía y te cuenta qué hay de vivo allí en lo oscuro. Ese es pues mi padre, que se llama Guillermo y es historiador. Mi madre se llama Sara Drago Mitre. Y cumplen en abril sus bodas de oro. Como te digo ese padre es el que junto al charco te cuenta que allí hay un sapito que pone los huevos no sé de qué forma y desova en setiembre y todo así. Y si caminás con él por Buenos Aires te dice bueno, qué bien, esta es la barranca del río. Vos sólo ves el asfalto, no te das cuenta, pero él siente la topografía que está debajo. En este clima entonces me crié de chica. Tanto yo como mis hermanos. Los seis. Después de esa casa nosotros nos criamos principalmente en una quinta de Bella Vista, magnífica, que hoy día es del Opus Dei. Y cuando yo tenía 11 años, papá compró un campo en Chascomús, en donde yo me puse en contacto con toda esa realidad gauchesca que tanto aparece en mis libros: la pampa me impresionó mucho y definitivamente marcó mis libros. Es decir, soy “una mujer de a caballo”. No buena jineta pero tengo pasión por los caballos. Bueno, estudiaba, todos los días iba en tren a Buenos Aires desde Bella Vista. El colegio se llamaba Angel Gallardo . Iban todos mis primos y era como muy absurdo. Todo como una burbuja. Un día mi hermana Marta se perdió en un club de Hurlingham y fue a la policía. Le preguntaron: ¿Cómo te llamás? Marta Gallardo. ¿Dónde vivís? En la chacra Gallardo. ¿A qué colegio vas? Al Angel Gallardo. No, nena, no me tomés el pelo , le respondió el policía. Y todo era verdad. Mi familia era como una burbuja. La burbuja Gallardo. Sí, vuelvo a esa relación con la naturaleza, que es tan curativa. Siempre recuerdo lo de Goethe: “Estar cerca de la naturaleza es estar cerca de la mano que la creó”. Yo a eso lo siento mucho. Esta casa de aquí la tomé porque tiene plantas atrás. Hay un naranjal, un míspero. Y esto de la bioenergía china que estudio ahora es lo mismo, es mirar la misma cosa, lo viviente.
Sí, sigo con el flash-back. Niña asmática, mística, que limpia floreros de la pequeña capilla y tiene diálogos con el más allá. Tenía un cuarto arriba, en esa quinta, con árboles que rozaban la ventana y una escalera de madera muy linda. En ese cuarto solía estar enferma casi siempre y eso enseña mucho a un chico. Un chico se enferma porque... la enfermedad es un estado de pecado, es una rebelión. Ese cuerpo no acepta la reencarnación, no sé bien qué es, pero es mala y así la vivía yo. El chico que sufre toma una gran madurez y sufre menos de lo que sufren sus padres al verlo. Tienen reservas fabulosas y una imaginación que da grandes compensaciones. Pues en esta chica, que soy yo, había como una costumbre para sufrir, un estoicismo. Eso de pasarse las madrugadas ahogándose y ese cuidado: padres que regalan libros, que dan mucha bolilla. Estaba eso de no ir al colegio mientras las hermanas se despertaban regañando. Era lo que me distinguía, lo agradable de mi estado. Con mis hermanos había esta relación. Guillermo muy especial y respetado por mis padres. Nosotros tres (luego vinieron dos más, pero más regulados). Éramos una pequeña piara que funcionaba al unísono, mientras “Guillermo era “el mayor”. Otra cosa importante de mi infancia (y sobre todo para mi hermano Guillermo) era el teatro Colón. Esto viene por el lado de mi madre y su relación con La Nación. Este palco, al que todavía va mi familia, era un poco el balcón de nuestra casa. Un balcón que daba al Colón, a Verdi, a... no era para nosotros solos. Este palco se divide por turnos en la familia. Pero “toca el palco” es una de esas frases muy normales en casa y también con esa frase me crié. Mi abuelo, Jorge Drago Mitre, un hombre bello y humilde, influyó mucho en mí. Me di cuenta de grande. Elegante, buen mozo, de gran candor y muy musical. Él nos condicionó mucho. En esa chacra Gallardo que era una especie de espacio encantado jugaba mucho con mis hermanos y mis primos Ordóñez. Mis juegos eran más bien épicos. Me daba por el centauro. Y con eso de mi enfermedad, papá me leía mucho. La Ilíada la conocí por él. Jugaba con las muñecas, pero me veía a mí como una especie de Juana de Arco. Siempre tuve esa mentalidad y lucho contra ella. Mi tiempo en Córdoba, cuando salí de Buenos Aires, y este tiempo aquí, en Cataluña, digamos que es mi batalla contra Juana de Arco. /Pobre Juana de Arco/. Claro que en el fondo ella siempre gana. Muy bien, estoy en esto de los juegos. Mi bicicleta siempre fue un caballo. Yo peleaba pero me sentía un jeque, un mohicano, un gaucho. Me sentía rechazando lo femenino, que sin embargo me encantaba. Creo que porque era fea.
Por suerte no me daba cuenta del todo. (Bondad de mi madre que nunca hizo un gesto de horror al verme). Y de verdad era una persona muy fea. No, no, te quiero decir esto: era una niña de una seriedad absoluta (mi abuela me llamaba “la seria”) y cuando entró en la etapa en que empieza la ironía y el humor, es como la caída de Adán y Eva, es cuando uno se da cuenta que algo falla en sí mismo. Mientras tanto sos angelical. Pero cómo pasar al sentido del humor con esos 13 años, con ese esqueleto de 1.80 de altura y unos dientes que sobresalían uno sobre el otro. Y a este personaje le pusieron un aparato para los dientes y todo lo demás. Todo en el marco de esta vida original que llevábamos con mis hermanos nos hizo sentirnos distintos, luego inferiores y por eso empezamos a reírnos de los demás. Algo realmente inferior. Una cosa provinciana, campesina, de rústicos. Sobre los 13 comencé a escribir y a saber que eso era lo que me gustaba más. Con muy pocos firuletes. Fue una certeza total. En eso influyó mi padre de quien recuerdo haber oído alguna vez: “qué buen libro. Parece escrito por un hombre”. Desde ese momento me dije: “Yo nunca escribiré como una mujer”. Jamás. Esto se une a que no tuve mucha relación con el mundo femenino. Digo el de la coquetería, el de “la piuma al vento” y todo eso. Comprendo que es encantador, pero no pertenezco a ese medio. Más bien Juana La Loca. Más tarde, al leer a grandes escritoras, a la Woolf, a la Lispector, encontré ese rigor, que es lo que se entiende como una cosa viril, en su sentido de fuerza. Bueno, de todo eso empiezan a salir mis libros. El primero, Enero lo escribí a los 23 años. Soñaba con el gran amor, con hijos, pero ya de muchacha, a los 15, escribí una orestiada en verso. Y tuve desde esa edad una gran manía por leer las cosas de la patria: la conquista del desierto, sobre los indios, una ciencia de la cincha, del tejido y de los ponchos, y de qué sé yo. De los estribos y que se monta así y no se debe cortar la crin asá. Sí, claro, viviendo en esa familia burbuja, en ese microclima, y también en la burbuja de mi clase. El país era algo personal en el cual en el cual los demás eran molestos habitantes y yo no me daba cuenta, ni tampoco mis parientes, de cómo mi clase había perdido las riendas totales del país, por facilidad. O sea sus padres, que fueron ministros, fueron los últimos que tuvieron el manejo del país y ello serán un poco los epígonos de aquel sueño del 80 que no se alcanzó a concluir. Yo empezaba a vivir cuando ese sueño terminó sin que los soñadores lo advirtiesen. Supongo que ese gran sueño fue muy lindo y yo lo viví al final. A los 17 me llevan por primera vez a Europa. Vine a en barco, casi como en una peregrinación: las tumbas, el arte romántico, feria de Sevilla, Madrid. No, ya no era la dientuda de antes. Era muy linda. Los dientes habían retrocedido gracias a ese alambrado puesto a tiempo. Y así toda Europa y el regreso. Yo no me enamoraba de héroes inexistentes. Todos a mi alrededor se enamoraban menos yo. Era horrible. Ya vivía en Buenos Aires y Carmen Gándara fue mi mentora. Recuerdo que cuando me conoció le dijo a una tía mía “pero Sara es encantadora. Parece una planta”. Seguramente yo sería muy natural, ¿no? Carmen siempre fue muy generosa conmigo. Después cuando me casé con Luis (Pico Estrada), ella me prestó su casa de Angostura para que pasáramos la luna de miel. Tan buena Carmen. Enero lo escribí a los 23, me casé a los 24, y el libro salió a los 26. Cuando nació mi primera hija, Delfina, que murió después. Fue tan importante la maternidad que la aparición del libro me pareció un hecho pálido. En fin. Sufrimos, la vida siguió.
Con Luis tuvimos a Paula, que ahora tiene 18, y Agustín, 17. Escribí otro libro. Pantalones azules”. Ese no era bueno y me dio rabia. Eso fue en 1963. Después hice mucho periodismo (Atlántida, la columna de Confirmado) y en 1968 publiqué Los Galgos. No, esa columna era la carcajada general. Con un tono pedante a propósito, irritante. Pero todo el éxito de esa columna es de Garzón Maceda. Él me daba sus ideas y yo las articulaba en mi estilo insolente. Él fue el dueño de esa columna. Es como el director del circo. Que tiene un circo bueno porque confía en sus payasos, y les sabe dar cuerda. Nada más. Claro, lo de Murena es una parte grande de mi vida. Héctor muere en el 75 y yo a fines de ese año me voy a vivir a Córdoba. Con Héctor v tuvimos a Sebastián, que ahora tiene nueve años. Pero de esto no quiero hablar porque no me he curado todavía. Y así, en el 75 inicio otra etapa. Héctor, en ese año final, sabiendo que se moría, me decía: “Viví. A mí me gusta que los chicos se busquen la vida”. Y empezamos a buscarnos la vida. Primero en La Cumbre, donde recompuse mis lutos, luché contra el nihilismo y volví a lo elemental de la vida: las cosas diarias, los pájaros, las heladas, el fuego. Y a meditar mucho. Había leído algo sobre alquimia y eso lo aplicaba a mis circunstancias, a lo que tenía que licuar de mi persona. Entré en una época horrible. No olvidaré el apoyo unánime de los amigos de Héctor. Alberto Girri que iba a casa todos los días a aguantar mis monólogos, que eran insoportables. Yo siempre con el mismo tema y allí Alberto impecable, sin poner cara de tango, asistiendo como una samaritana. A bancar, a bancar, hasta un punto que pienso sería intolerable para ellos.Sí, te voy a nombrar porque me ayudaron mucho: bueno, Alberto David Vogelman, Carlos Viola Soto, Jorge Vocos Lescano, Jorge Paita, Ricardo Constantino, Mario Giacchino, Jorge Capello, Angel Bonomini, Ricardo Rey Beckford y tantos más.. Y ya estoy en Córdoba, en esa “provincia de la salud” a la que iba de chica por el asma y a la que volvía por el alma. Mujica Láinez venía mucho, insistió en llevarme a vivir a Cruz Chica. En ese ambiente de fantasía de El Paraíso estuve nueve meses. No escribía y eso me empujó a irme. No mudamos a La Cumbre, y en esa serranía, en esos horizontes infinitos ya estuve mejor. Después nos vinimos a Barcelona. Seguía necesitando otro escenario, más aire. Huir, seguramente, de ese año 1975 que fue tan atroz. Y sigue siendo. Y bueno, así, saliendo a los tumbos de lo mío, arrastrando ese sueño de vivir un tiempo en Europa y traeré a los chicos, en marzo del 75 me cayó un dinero y me decidí a dar el gran salto. Empecé a decir que me iba en barco. Los amigos me decían: “¿Pero estás segura que hay un barco?”. Y en efecto, el acto mágico de creerlo así, se cumplió: el barco estaba. Y nos vinimos. Era un barco italiano. Los cuatro metidos en el último camarote con una galga que después se nos perdió aquí en Barcelona. Fue un viaje desagradable, nada que ver con esa maravillosas navegación que uno sueña. Barco italiano, el Angelina, sin cubiertas, todo climatizado, preparado para viejos norteamericanos. Un invernadero más que un barco. Con 1.300 viajeros, en su mayoría gente grande que después de hacer dinero en nuestro país volvía a su país de origen. Algo así como el regreso de una rapiña. Aunque no hay que ser cruel, volvían a su tierra después de una vida. Sí, para quedarse. Decían que la Argentina estaba muy pobre, que Europa estaba mejor. Y así en medio de ese viaje aquelarre llegamos a Barcelona. Y aquí estamos. Hace un año ya. Y dentro de un mes otra vez a Buenos Aires. A presentar mi nueva novela. A celebrar las bodas de oro de papá y mamá. A ver tanta gente. ¿Te das cuenta?
- Me doy cuenta. Sara tamborilea con sus dedos en la mesa, pero no apaga la emoción. Hace balance:
- Aprendí mucho en estos años. El absoluto de pensar que el gran amor iba a ser perfecto. Que mi libro debía ser magnífico. Eso lo superé. La crisis me ayudó a ver que las relaciones humanas son muy imperfectas, y que la más imperfecta era yo. Y a meditar sobre dos actitudes. Un romanticismo que busca empuñar la vida y usarla para algo que se supone es superior a la vida. La otra, de contemplación, en la cual lo principal es la vida misma, en la que el don que Dios nos ha dado es la vida misma y no el uso que hagamos de ella. Pues de aquel romanticismo a esta contemplación anda ahora Y esa comunión con la naturaleza que siempre tuve últimamente es más intensa. Los personajes de La rosa en el viento son románticos, restos de mi vieja pasión. Andrei, el ruso, un poeta, por un amor a primera vista se va a la Patagonia y Olaf, el sueco, por un sino desdichado se enrola con el rey de la Patagonia y se hace médico con las cosas de los indios y hay amores, una mujer inalcanzable que en realidad no quiere a nadie, en fin, un último grito romántico, que es como una borrachera, una utopía que no va a ninguna parte. Creo que todos estos locos de mi novela siguen siendo mi vieja locura, que no se despide así nomás. Es como un vicio.
- Y esta contemplativa Sara Gallardo de ahora, ¿cómo se compagina con los catalanes?
- Bien. Estoy encantada con Cataluña, pero los catalanes ni se enteran. No es que no sean simpáticos sino que son tan cerrados como yo. No invito a nadie a mi casa y ellos tampoco me invitan a mí.
- Y en esta casa, ¿estás cómoda?
- Por un lado, siempre me gustan las casas sin muebles, porque necesito mucho el vacío. Y ya ves. También quería ir poniendo las cosas de uno, sin las ondas de otras personas. Y esto se va haciendo de a poco.
- Y a Sara Gallardo, ¿cómo la ves?
- Te voy a decir. Yo he estado muy cerca de la muerte y en un momento me di cuenta que no sabía nada de la vida. Eso aprendí. No hay nada de “el renacimiento de esta señora que se aleja de los lutos”. No es cierto. Vivo una especie de última parte de mi vida en la cual debo enterarme de todo lo que no me enteré. Así es como vive Sara hoy.
- Hablame de ese luto...
- Ese luto es el gran episodio de mi vida: la muerte de Murena. Claro, ya hay pequeñas aceptaciones. En este libro he puesto: “ A H. A. Murena. In memoriam ”. En el anterior, no. Seguía vivo. No sé. Además pertenezco a la gente que vive en comunión con sus muertos. Siento esa presencia muy cerca y por ejemplo no comprendo que se diga que los matrimonios se disuelven con la muerte. Esos lazos son eternos.
- Dejemos tu país privado y vayamos al nuestro, al de todos. ¿Qué país dejaste?
-
Dejé un campo de batalla. Tengo en claro algo muy luctuoso. Estoy empapada en sangre argentina. Porque yo deseé que se terminara con la guerrilla, con los magos y las porquerías. Pero por algo le pasó a nuestro país lo que le pasó. Héctor decía que todavía éramos un campamento, no un país, y que la violencia de la fundación iba a volver. Y no se equivocó. Yo no le creía, como criolla que soy. Él venía de afuera y veía mejor. Ahora leo sus ensayos y está claro. Sufría porque era una especie de profeta, una antena. Todavía no somos una comunidad. Desde fuera se ve bien. Aquí, como sabe, hay emigrados. Están los que juegan al teatro del héroe, hay de todo. No es mi caso, por supuesto. A mí me duele el país como destino. Y lo que extraño de la Argentina es su naturaleza, esa ausencia de paisaje. El río. La tarde con sensación de lejanía que tiene nuestro campo. Pero no puedo extrañar el país porque yo soy como el país. Te imaginás entonces las ganas que tengo de ir. Pero falta poco...
Ya no llueve. Paula teje un suéter malva. Agustín escucha a los Bee Gees. Sara se refugia en su cuarto en donde están creciendo los capítulos de El doctor Cárdenas, su próximo libro. Luego adobará un pollo, pelará papas e irá a su clase de digitopuntura china. Sebastián irá conmigo al cine, a enseñarme a ver Superman. Habrá todavía una tarde entera de fotos en el parque Güel (diseñado por Gaudí) y en la réplica de la carabela de Colón. Y habrá una Sara Gallardo despidiéndose con la misma mano que el próximo 11 de mayo firmará ejemplares de La rosa en el viento . Ese libro que ahora la lleva de Europa a Buenos Aires. |
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Entrevista Revista La Nación |