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UNA MUJER EN CARNE VIVA
Por
Daniel Pliner
Finalmente abandonó su retiro en La Cumbre y llegó a Buenos Aires para presentar un nuevo libro de cuentos: “El País del Humo”. Fue hace un mes apenas, pero ya figura a la cabeza de la lista de best-sellers. Para Ti conversó con ella. De su tristeza. De su vida casi irreal. De su sentido trágico de la existencia. De su obra. De su familia. De sus dificultades para sobrevivir en un continente que define como bárbaro y fascinante al mismo tiempo.
Tiene una boca enorme. Los dientes son tan grandes que parecen más. Tiene la mirada triste. Aún cuando se ríe a borbotones, sacudiendo su cuerpo largo y huesudo. Es una mujer en carne viva. Que a veces se engolosina con las palabras. Que resiste a la tentación de tenerse lástima y se vuelve despiadada consigo misma. Que se define “como un ser ridículo”. Que asegura haber vivido “una vida bastante irreal”.
Hacía mucho que no se hablaba de ella. Claro: después de todo Sara Gallardo es escritora y hacía mucho que no publicaba un libro. “Como un perro refugiado en la cuneta” —son sus palabras— se había marchado con sus tres hijos a La Cumbre. Sobrellevar lo que ella llama “su convalecencia” . De pronto, casi un mes atrás, apareció otra vez por Buenos Aires. Vino a presentar un nuevo volumen de cuentos: El País del Humo. Vino a instalarse en su casa extraña de habitaciones gigantescas y pasillos larguísimos. Muebles muy grandes, muy antiguos, muy pocos: un clima casi monacal de paredes vacías y techos altos. Desde el balcón del cuarto piso la escritora mira pasar los autos, la gente que corre a sus trabajos, los chicos que juegan en la Plaza Libertad.
—¿Dónde queda el país del humo?
—Aquí. América es el país del humo: un país imposible de catequizar, una pampa un poco expresionista, irreductible, desértica, salvaje. El humo lo abarca todo y crea una especie de fantasmagoría y de gran pereza. Es un mundo de monstruos. Y es a la vez fascinante.
—Tan fascinante no le debe resultar si eligió aislarse en La Cumbre...
—Si uno no se siente fuerte, no puede vivirlo bien. La Cumbre, es cierto, no es un lugar americano. Por eso puedo vivir allí. Hay árboles, hay pájaros, hay relaciones humanas muy civilizadas. Es un sitio muy europeo. Lo americano, en cambio, es la barbarie. Y cuando no me siento fuerte, no puedo soportarla bien.
—¿Una idea casi sarmientina?
—Puede ser. Pero me gusta este far-west. Yo soy de acá. Y aun así no puedo dejar de comparar. Yo sé que no podría vivir en países perfectos, pero la sensación del anonimato, de libertad, de margen privado que suelen tener me parece envidiable.
—El País del Humo deja un sabor triste después de leerlo...
—Creo que estaba muy deprimida cuando escribí esos cuentos.
—Hay en la mayoría de los cuentos un permanente retroceder al pasado. Casi todos transcurren en otras épocas. ¿Por qué?
—¿Por qué podría ser? Ya le dije que toda mi vida es bastante irreal. Yo tengo un profundo desprecio por la información. La prueba la tiene ese cuento donde se propone que la toda la historia de la humanidad está determinada por la forma de las nubes. Quiero decir que la realidad no es lo que parece ser, no es lo de ahora. De todos modos, le aclaro que la incorporación del pasado a mis cuentos tiene que ver también con una idea estética.
—Y si la dejo seguir va decirme que el pasado es más real que el presente...
—No. El pasado también es fantasía. Si este libro es casi como un baile de disfraces... Lo que trato de explicar es que raras veces me conmueven las cosas que aparecen en los diarios. Me interesa lo que no se ve. El destino de la gente, la forma en que organiza sus fuerzas. Lo que hace con su vida.
—¿Qué ha hecho usted con su vida?
—Por lo vista ha sido un camino que ha tendido a combatir el aislamiento esencial de mi persona. Tenía vocación intelectual y elegí tener cuatro hijos. Elegí jugarme mucho en el amor. He librado una batalla permanente, lenta pero implacable, para abatir al personaje que de chica sólo conocía héroes y mártires.
—¿Cómo era aquel personaje?
—Una chica que vivía con la boca abierta. Como ahora. En sueños. En un mundo donde los personajes eran El Último Mohicano, Juana de Arco, los piratas, Los Siete Infantes de Lara. Debe tener que ver con cómo era mi familia.
—¿Cómo eran sus padres?
—Mi madre era una mujer de belleza extraordinaria. De enorme gracia; un personaje increíblemente fantasioso. Mi padre es un historiador. Una vez compró un campo porque tenía muchos bañados. No servían para nada... pero tenían muchos pájaros. Mi abuelo fue el biólogo Ángel Gallardo y de él aprendí que la naturaleza es lo único real.
—¿Qué cree que hubiera pasado si no se dedicaba a combatir a aquel personaje de su infancia?
—Hubiera terminado en la locura.
—¿Por qué se decidió a publicar este nuevo libro?
—Suponiendo que la vida sea u camino, tengo la sensación de que con esta publicación voy a comenzar una nueva etapa. Ya no espero cosas de afuera. Estoy en una especie de retiro fructuoso con más libros por delante, pero con mucho menos tiempo.
—Usted parecería tener una idea bastante trágica acerca del ser humano...
—Es verdad. Pero paradójicamente, creo ser de las pocas personas que han llegado a ser felices a todo trapo: he tenido toda mi medida de felicidad, y también he tenido toda mi medida de dolor. Quizá por eso hablo tanto del pasado: estoy parada en la puerta de una nueva etapa.
—Aunque no tenga nada que ver, ¿cómo se lleva con sus hijos?
—Tuve suerte. Ahora tienen 17, 15 y 7 años. Son tres estrellas: lindos, buenos, inteligentes. Yo soy como un dique alrededor de un manantial: trato de contenerlos y encauzarlos. Soy, en realidad, como cualquier madre que procura disimular su posesividad y su autoritarismo con modales dulces y sentido del humor.
—¿Y no cree que puede ser muy duro para ellos que los haga compartir su aislamiento de la realidad?
—La idea de que la realidad es el hollín y el stress es un prejuicio. Eso de que si no se viaja en colectivo no se conoce la realidad, me parece una estupidez.
—¿Qué opina, para terminar, de las escritoras argentinas?
—El nivel general es muy alto.
—Nombre de las mejores.
—Voy a quedar mal con algunas.
—¿Y eso le importa mucho?
—No me gusta tener enemigos. A los veinte años ponía el acento en lo que me diferenciaba de los otros. Ahora lo pongo en lo que me une a ellos.
—¿Las va a nombrar?
—Leda Valladares, Elvira Orphé, Susana Tasca, Silvina Ocampo, Marcela Solá...
—¿Usted se incluye?
—Sí, me incluyo entre las mejores. Pero con mucha vergüenza. Soy mucho menos buena de lo que me gustaría y a veces me siento como un aprendiz frente a mis libros.
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