| |
PARAFERNALIA PIGLIANA EN CUATRO MOVIMIENTOS. Respiración Artificial: lecturas diversas. ( Última parte)
Por
Sebastián Pons
Llegamos al último. Los movimientos a los que hemos asistido respectivamente en los números Baños , Cumpleaños y Fobias de FdR , han sido: I- Kafka o el artista moderno en la visión de Piglia , II- Historia ficcional, ficción histórica y sus posibles reversos , y III- Artificialidad de la respiración, respiración de lo artificial . Todos referidos a una única obra ( Respiración Artificial ) que apenas si llega a las doscientas páginas, pero cuyos mundos desplegados exceden en mucho las cuatro posibilidades de abordaje que obramos. El último ensayo, entonces.
Así lo entiende Nietzsche, y lo repite (y explicita) Foucault, cuando se refieren a la genealogía y a la historia: no hay un ser constante que evoluciona a partir de un origen, sino que hay un cuerpo que es víctima de una serie de luchas y rupturas a través del tiempo, y cuyo producto no se conserva sino que se opone a otras instancias y desaparece en una nueva lucha con un nuevo producto.
Creo que es la única forma en que podemos aceptar un avance en la historia, la forma en que nos es dado comprender el por qué de los cambios a pesar de los valores de permanencia, de tradición, que parecen triunfar a diario desde el barrio hasta el extremo lejano que sólo en la televisión sucede.
A continuación veremos una de las formas en que Ricardo Piglia desnuda el carácter ficcional de ciertos valores y verdades que se presentan como absolutos, mostrándonos lo que hace más de un siglo (y al gran Zaratustra alemán posfilosófico gracias) deberíamos saber y practicar: no hay nada dado desde y para siempre.
Nacional– artificial –ismo: cuerpos, metáforas y construcción de sentidos de la nación
La magia del nacionalismo es la conversión del azar en destino.
Benedict Anderson
La relación existente entre la vivencia individual y los acontecimientos generales de cierta época es enfática en la ficción de Piglia ( Respiración Artificial ), y para ello bástenos citar un par de casos en que el cuerpo y la persona de algunos personajes se ven -se entienden como- involucrados con algunos hechos históricos: el conde Tokray se propone a sí mismo como un museo de una sola persona, un museo que versará sobre las costumbres y modales de la antigua Rusia ( “Podrían visitarme para ver cómo vivía un noble ruso antes de la revolución” (Piglia, 1995, p. 109)). Tardewski reflexiona, luego de rememorar sus desgracias por Buenos Aires, ... “a medida que la guerra se desarrollaba en Europa, a medida que las tropas nazis iban arrasando la cultura europea, yo mismo iba siendo arrasado como si fuera su representante”... (p. 163); ya antes nos confiesa: ...”mi situación le parecía al Profesor la metáfora más pura del desarrollo y la evolución subterránea del europeísmo como elemento básico de la cultura argentina desde su origen”... (p. 101). Inclusive, ejemplo débil, el mismo Bartomé Marconi se considera representación del tipo de poeta menor del interior del país. Sólo ejemplos; vamos a abocarnos al caso de Luciano Osorio, el senador o ex senador, y su parálisis permanente debida a un atentado durante un discurso, el 25 de mayo del año 1931, en Argentina.
Antes no vendría mal recordar una metáfora que se continúa, repite y recupera constantemente y cuyo rastreo nos remontaría, creo, a una época cercana al primer gobierno de Perón: la metáfora de la “enfermedad” aplicada a la Argentina, la figura de un país enfermo. En efecto, la persona del senador o ex senador Luciano Osorio, con su invalidez, vendría a cumplir aquí el papel de nexo entre el estado de enfermedad y el concepto abstracto de nación, transfigurando de esta manera la frase en una realidad concreta, convirtiéndose él mismo, Luciano Osorio, en quién o en aquello que, hace palpable la idea. Citemos: “Estoy paralítico, igual que este país, decía. Yo soy la Argentina, carajo, decía el viejo cuando deliraba con la morfina que le daban para aliviarse del dolor. Empezó a identificar la patria con su vida, tentación que está latente en cualquiera que tenga más de 3.000 hectáreas en la pampa húmeda” (Piglia, 1995, p. 17).
¿Es lícito para Osorio autoconfigurarse como el representante de un estado general? En todo caso deberíamos abordar otras interrogantes: en qué forma es lícito, si lo es , cuáles son los elementos que justifican la comparación y de qué forma la hacen lícita, la justifican como válida. Esas 3.000 hectáreas parecerían ser una buena razón, pero no suficiente. En todo caso, sería pertinente referirnos a la genealogía de los Osorio que traza Piglia en su novela, en cómo ese pasado del senador, o ex senador, dan una significación plena a su presente como autodeterminado y erigen, de esta forma, su figura como una de gran importancia dentro de la historia argentina, con esos antepasados íntimamente relacionados con los sucesos que conforman la tradición e historia nacionales.
Su bisabuelo – según testimonio de su abuelo – militar toda su vida (hasta en la vejez, después de haber cesado en sus labores como tal), luchó en las guerras de la Independencia y contra los ingleses durante las invasiones. Acompañó a Belgrano en su expedición al norte. Por enfermedad no pudo (aunque así lo deseó) participar en la Campaña Libertadora y en las guerras civiles. Escribió unas “Máximas sobre el arte de la guerra” de entre las cuales reproduciremos la número tres, de fundamental interés para comprender la profundidad con que los Osorio comprendían el mundo circundante: “La guerra no se deja humanizar, su violencia ahonda en el hombre un espacio anterior a toda vestimenta cultural”.
Su bisabuela, bohemia, de un temperamento casi opuesto al bélico de su bisabuelo, nunca llegó a amar a su esposo y se lo confesaba constantemente. Dato interesante: fue cortejada hasta el acoso por un hijo natural de Napoleón Bonaparte, el conde Walewski, cónsul de Francia en Buenos Aires.
Su abuelo (el Osorio más importante de la novela), fue uno de los fundadores del Salón Literario, uno de los pocos (quizá el único) que no viajó ni viajará a París. Obteniendo un importante puesto en la secretaría de Rosas, se convierte en uno de sus hombres de confianza. Se exilia en 1842: viaja primero a Montevideo, luego pasa a Brasil, y después de gastar unos años en EE.UU. (atraído por la fiebre del oro), termina su vida en Chile muriendo dos semanas antes de la batalla de Caseros en la que Rosas acaba derrotado por Urquiza.
Su padre (a quien nunca llegará a conocer su abuelo) es el hijo de Enrique Osorio y la prima de éste, Amparo Escalada, en cuya casa se oculta Enrique antes de huir hacia Chile. El dato relevante es el de su muerte, acaecida en 1878, en un duelo defendiendo el nombre de su padre, a quien jamás conociera. Lo interesante es que, luego, el duelista a manos del cual muere es llevado a juicio por el hecho: ese fue (según esta ingeniosa estratagema semificcional – semihistórica que es Respiración Artificial ) el primer caso de crimen de honor presentado en el país ante un jurado y en sesión pública.
Como lo entiende el senador Osorio, con ese hecho ...”la justicia se separó y se independizó de una mitología literaria y moral del honor que había servido de norma y de verdad”... Y luego, refiriéndose a aquellos Señores que necesitaban probar su honor a fuerza de matarse mutuamente, da a entender que, gracias a aquel suceso, éstos descubren ...”que tenían otro modo de probar su hombría y su caballerosidad y que podían seguir viviendo de cara a la muerte sin tener necesidad de matarse entre ellos, sino más bien ‘uniéndose' entre ellos para matar a quienes no se resignaban a reconocerles su condición de Señores y de Amos”... (1995, p. 46). Los inmigrantes, los gauchos y los indios son las víctimas de esta nueva perspectiva de ritos mediante los cuales estos caballeros se identifican periódicamente como y en cuanto tales; aquel juicio supuestamente determina y explica las causas de las que la llegada al poder del General Julio Argentino Roca es uno de los efectos.
De esta forma, esa especie de línea de continuidad de la historia de la que habla Luciano Osorio –que viene desde la Colonia y al que sepa escucharla le permitirá comprender la Verdad de este país– está totalmente ligada a su propia familia, por lo que él se encuentra en la posición óptima, no sólo de develar esa Verdad a través de los documentos de Enrique Osorio (también conferirá de ese poder a Marcelo Maggi, a quién considera como un hijo), sino también de constituirse él mismo en algo así como la materialización de una etapa actual de la historia de la nación: la etapa de la invalidez, de la parálisis.
Así dispuestas y relacionadas con los grandes hechos, esas vivencias de los Osorio no sólo justifican su íntima ligazón, casi inseparable, a los acontecimientos importantes de la historia, sino que también con el hecho mismo de demostrarla, la crean, confiriendo así a su historia personal un sentido que trasciende la mera casualidad individual-subjetiva y se interna en una lógica causal objetiva que explica la historia argentina como una continuidad palpable, con sus hombres “representativos” (al mejor estilo Carlyle o Emerson) que dan cuenta de ello: en nuestro caso, los Osorio.
Ahora bien, entendida esta semantización en la que cierta genealogía y ciertos acontecimientos relevantes dispuestos de forma particular inventan –en el doble sentido de crear y descubrir– un significado trascendente a la figura del senador o ex senador Luciano Osorio, la parálisis debe comprenderse como un tipo de estancamiento en que el país habría quedado desde los años '30. Otro dato avala esta interpretación: el viejo senador Osorio se califica a sí mismo como quien vendría a romper cierta continuidad tradicional de sangre en la que el hijo suplanta a temprana edad al padre que muere casi siempre bastante joven. El traspaso de poder y posición está representado por el dinero que va siendo heredado de generación en generación. La prolongada vida del viejo senador Osorio produce una ruptura en esta forma de progresión.
En efecto, si cada muerte y nueva herencia significa un cambio, un avance en la historia, Luciano Osorio con su longevidad (y su parálisis) viene a revelarnos un estancamiento de la historia, un obstáculo que impide la evolución y que se corresponde, a nivel macro, con un supuesto congelamiento en los aconteceres que irrumpe en la continuidad histórica de la nación.
La metáfora del cuerpo y la del dinero están presentes también en la relación de Enrique Osorio (abuelo de Luciano) con ese siglo XIX argentino. Considerándose él mismo un amigo desleal y un traidor, y pretendiendo ser juzgado como tal para la historia, bástenos reproducir un tramo de su diario, del año 1850: ...”¿cuántos años viví inclinado, doblando la columna vertebral como un esclavo? Nadie puede sorprenderse ahora si para combatir los efectos de esa incómoda postura a la que me obligó la historia debo usar una especie de corsé hecho de oro macizo. Sólo el oro cura el recuerdo de la servidumbre y de la traición”...
Piglia muestra así el reverso (el lado oculto) de una narrativa nacionalista: en vez de tratarse de la entrega y el sacrificio personal a una causa colectiva, se demuestra cómo ciertos elementos construyen una idea de nación a la vez que la configuran como íntimamente ligada, en cada etapa y en su dinámica, a los cuerpos de los ciudadanos que de forma individual y colectiva conforman dicha nación.
|
|
|
23. Sara Gallardo
Puño y Letra
. Formas impuras, una entrevista a Sergio Schmucler
Por Hernán Tejerina
. Parafernalia Pigliana IV
Por Sebastián Pons
. Z de Zeiger, una entrevista a Claudio Zeiger
Por Federico Falco
. "Me gusta la idea de que el libro venga con su making off", una charla con Rodrigo Fresán
Por Eloísa Oliva |