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“ME GUSTA LA IDEA DE QUE EL LIBRO VENGA CON SU MAKING OFF ”. Una charla con Rodrigo Fresán.
Por
Eloísa Oliva
En una siesta soleada de otoño barcelonés –lejos de las playas de Canciones tristes y de Rancheras Melancólicas – me encontré con Rodrigo Fresán. La cita la habíamos pactado días atrás en la presentación de su último libro, Los jardines de Kesington , en la librería Central del barrio Raval, el mejor barrio de la bulliciosa Barcelona. Nos sentamos en un bar de la plaza aledaña a la librería, donde yo encendí mi grabador y donde, una vez apagado, Fresán desafió cortésmente la inflexible ley que dice que el entrevistador siempre paga.
De todas maneras, más que una entrevista –quizás debido a mi gripe de entonces y al hecho de estar en la suspensión que todo viaje implica– se trató de una charla, breve, entretenida al menos para mí, y muy poco ortodoxa y lineal, donde me olvidé de mil preguntas. Acá están las que quedaron.
- Vos dijiste que la escritura es algo lúdico, y que no aceptás el mito del escritor sufrido...
-No es que no lo acepto, evidentemente existe, Sábato existe. Lo que yo digo es que me parece un poco tonto. En la literatura nadie está esperando que escribas nada, nadie está esperando publicártelo y nadie está esperando leerlo, salvo que seas un escritor consagrado. Entonces si no te produce placer escribir – por lo menos un placer que intente acercarse al de leer – es raro que pienses que alguna otra persona va a sentir placer en leerlo. En ese sentido sí soy un defensor de la alegría de escribir. Tal vez lo que ocurre es que toda literatura surge de algún trauma o de algo que estás tratando de disimular o de mostrar...
- ¿Por qué te parece eso?
- Porque es raro querer ser escritor, no es muy racional. Es una carrera que tiene más de frustraciones y dificultades. Incluso cuando conseguís “triunfar”, la recompensa no es la misma que podrías recibir haciendo otra cosa, es muy difícil vivir de la literatura. Pero también hay algo que te empuja a eso, que si bien no resulta una elección “inteligente” es una imposibilidad no hacerlo. En mi caso de todas maneras se combinaron varias cosas, porque yo no tengo el título de colegio primario, para la ley argentina soy semi analfabeto. Pero terminé el primario, e hice buena parte del secundario. Lo que pasó es que nos tuvimos que ir a Venezuela de un día para el otro, por razones de tipo “dictatorial”. En Argentina estaba en séptimo grado y como en Venezuela había hasta sexto, pasé directamente al secundario. Hice hasta cuarto año y cuando volví a Argentina me dijeron: “usted no tiene séptimo grado hecho”. Entonces empezó una pequeña batalla legal entre ministerios, que se iba a solucionar, pero por el camino de las idas y vueltas se perdió mi legajo, y ahí dije “bueno, esto es una señal, a la mierda todo”. Pero fue una suerte porque eso me obligó a profesionalizar mi escritura mucho más rápido. Yo no pensaba entrar en Filosofía y Letras, pero eventualmente podría haber pensado en hacer Periodismo, entonces esto me obligó a buscar trabajo en una redacción y en muy poco tiempo tuve un cargo de secretario de redacción. De otro modo tendría que haber hecho primero toda la carrera... Acorté bastante camino.
- Tu primer vínculo con el mundo de la escritura es mediante el periodismo...
- Profesionalmente sí. Había hecho cómics también. Pero siempre supe que quería escribir. De todos los oficios “legales” al costado de la literatura el periodismo me parecía el más cercano.
- Y el periodismo, ¿qué lugar ocupa ahora en tu vida?
- Cuando empecé, me parecía increíble que me pagaran. Lo primero que hice fue un trabajo para una tarjeta de crédito, con Miguel Brascó. Trabajé con él siete años en varias revistas. Y la pasaba genial, hacía lo que quería, tenía como nueve seudónimos: uno mujer, otro gay, otro punk, y escribía según los personajes. Fue una educación muy útil e interesante, y además, como escritor, no hay mejor taller que la realidad. Pero antes, el cambio de una sintonía a otra (de periodista a escritor) era simple, como cambiarme de sombrero, en cambio ahora es como cambiarme un traje de astronauta. Cuando vivís del periodismo y sos escritor es como si el periodismo fuera tu esposa y la literatura tu amante, y a medida que va pasando el tiempo tu amante te va pidiendo más y tu esposa te interesa menos. Es un comentario un poco asqueroso y chauvinista que no se corresponde con mi realidad en absoluto.... Pero sí, hay un requerimiento mayor de la literatura.
- La literatura empieza a convertirse en tu trabajo
- Empiezo a vivir de eso, lo cual por un lado es muy gratificante, y por otro te pone un poco nervioso. En el periodismo estás amparado por una estructura, patrones, colegas, por la misma realidad que no deja de generar cosas. En cambio en la literatura sos tu tenedor, tu cuchara, tu único instrumento. En otras artes tenés una apoyatura técnica en la cual podés cobijarte, pero la literatura es un lugar inmenso y al mismo tiempo muy desamparado. Y el desgaste es tremendo. Cuando estás escribiendo un libro estás las 24 horas pensando en eso. A veces me pregunto cómo sería tener un oficio que vas a tu casa y te olvidás por completo de tu trabajo...
. Sí, pasa que la literatura es más una forma de vida que un oficio por ahí...
- Sí, pero si sos banquero, te olvidaste, salvo que hagas desfalcos y tengas miedo de que te agarren, el trabajo se queda en el trabajo. Acá el trabajo está en tu casa porque además escribís en tu casa, lo cual es también un poco agobiante. Extrañás el leer sin pensar que estás escribiendo, te va invadiendo mucho, es como un alien . Es un problema de lujo también, porque a mí me va relativamente bien, pero a veces pienso que a alguien que le vaya mal en esto y que básicamente le pase lo mismo que a mí... debe ser un infierno. Tal vez, creo que por eso se entiende por qué dentro del campo del arte el mayor número de suicidas está en la literatura. Pensá que cuando te enterás de alguien que se suicida es porque es famoso, pero ¿y la cantidad de inéditos que se suicidan?..
- A mí me llamó la atención lo que dijiste en tu presentación del escritor como un freak , pero quizás estaría un poco en eso que dijiste de que la literatura siempre nace de un trauma...
- Trauma y crisis no son palabras negativas, crisis significa crecimiento... Sobre la gente que conozco, que está a mi alrededor, creo que siempre suele tener un esqueleto en el armario. Puede ser más grande, más chico, más divertido, pero siempre hay algo.
- ¿Y en tu caso?
- ¿Por qué quiero ser escritor yo? Primero hay una cuestión de reflejo e imitación, y segundo porque mi infancia no te diría que fue traumática, tengo un recuerdo muy divertido de mi infancia, pero también recuerdo muchas veces que los libros la hacían divertida. Había una cantidad de acontecimientos muy dramáticos, como el haberme tenido que ir del país de golpe, el haber sido secuestrado, y los libros funcionaban como espejo relativizante de algo terrible. A mí me pasaba algo, por ejemplo que los tipos de la triple A me perseguían, y yo leía La isla del tesoro y veía al tipo perseguido por los piratas... Había una especie de mecanismo, puede ser un mecanismo enfermo o de defensa, depende de cómo quieras llamarle, pero muy útil. Y supongo que también lo que ocurre es que estoy muy agradecido a la literatura. Suena un poco grandilocuente y épico, pero tiene algo de eso. En ese sentido, creo que hay una función social muy útil y clara del escritor, no es simplemente ocio. Creo que traer historias al mundo y que la gente las lea es útil. Una sociedad sin libros estaría única y exclusivamente enfrentada a lo que le ocurre, sin ninguna posibilidad de distracción, de fuga, o incluso de cambio. Y esa es la función de la ficción. Hay una influencia clarísima de la ficción sobre la realidad, benéfica, me parece. A veces no, claro, es como todo, como El Señor de los Anillos , la magia no tiene signo, depende de quien se ponga el anillo. Es un don, pero los dones pueden también ser un estigma o una maldición, un arma poderosísima
- Te gusta mucho el cine, ¿no?
- Sí, pero voy cada vez menos esperando ser deslumbrado. Eso tiene que ver o con que el cine ha empeorado – no quiero caer en la posición de nostálgico del cine de los sesenta – o tal vez con que a mí ya me tira más la literatura. El cine ha pasado a ser una distracción y no corre parejo como antes. De todas maneras, para mí cuando murió Kubrick el cine un poco se acabó, el cine como catedral. Ahora voy a divertirme, e incluso prefiero ver películas “tontas” de seguro a ir a ver las películas de cinemateca que antes iba a ver a ciegas y quizás me sorprendía gratamente, pero ahora no... El otro día fui a ver la de (Bernardo) Bertolucci (se refiere a Soñadores ). No lo podía creer. Pensé: “si esto es lo que ocurre cuando uno es grande con su producto, que me peguen un tiro dentro de diez años”. De todas maneras hay tipos que me interesan muchísimo. David Lynch, los hermanos Cohen, Woody Allen, me siguen interesando, son películas que voy a ver con placer. También Almodóvar. Pero el trámite de ir al cine, sobre todo en Barcelona (que están los versión original y los de doblaje), me da mucha pereza. Un amigo me regaló un DVD y me parece que ya no tengo ninguna necesidad de salir a la calle.
-Volviendo a la literatura, en tus libros hay un cierto derrotismo...
- No sé si derrotismo. Lo que si hay, y quizás eso sea una influencia directamente argentina, es cierta épica de la derrota, un rasgo muy del tango. A mí encanta, porque ves las canciones típicas de los países y son siempre alegres, y llegás a Argentina y está el tango. Digo, viene de ahí. No, no sé si es derrotista, diría más bien que cínico. No lo pensé nunca.
- Esperanto a mí me pareció un derrotado
- Esperanto es un libro raro... Lo escribí muy rápido porque lo soñé, es una historia extraña, a mí lo que me interesaba de Esperanto es que fuera un personaje desagradable.
- A mí me encantó
- A las chicas les gusta... No, para mí es un personaje desagradable... Estaba muy cansado de las novelas con músicos o rockeros donde el músico es siempre como el mesías, y el dios de la verdad, y este tipo Esperanto me parece bastante miserable. Se manda una cantidad increíble de cagadas en la vida y cree que se redime matando a un militar en una discoteca. Me gustaba eso del libro, y a mí me parece un personaje antipático. Yo cuando escribo tengo costumbre de imaginarme cuál sería el actor que los interpretaría, porque en mis libros casi no hay descripciones físicas de las caras pero sin embargo cuando los escribo tengo claramente presentes cómo serían. Y Esperanto tenía dos caras: cuando era joven y lleno de promesas era Johnny Deep, pero al final era Tim Roth, una cara como de haber recibido un poco de mierda... Pero sí, Esperanto es un derrotado.
- Historia Argentina es un poco así también
- Pero es un libro que se llama Historia Argentina , su propio título lo condiciona, no puedo inventar un final feliz... De todas maneras, a mí el personaje del aprendiz de brujo no me parece un derrotado, después en Vidas de santos se retoma la historia de Alejo y el aprendiz y llega hasta que son viejos, y el aprendiz se convirtió en una especie de chaman, alcanzó algo así como un estado de sabiduría total. Alejo no, a Alejo le va muy mal, como debe ser.
- Tenés una cosa serial en toda tu obra...
- Sí, a mí me gusta mucho eso. Tiene que ver con los escritores que me gustan como (Jerome) Salinger, (Kurt) Vonnegut o (Enrique) Vila Matas. Me gusta que los libros estén conectados, de hecho me parece que es inevitable que lo estén, entonces prefiero hacerlo evidente.
- Solés cambiar tus libros, ¿por qué?
- Porque sigo pensando en los libros... Los entrego porque tengo una fecha de cierre. Si no, seguiría con el libro, creo que a todos nos pasa más o menos lo mismo. Al escritor que entrega un libro terminado y está completamente listo, yo lo miraría un poco raro.. semejante seguridad... Es un poco como el mundo, en muchos momentos tenés una visión panorámica pero te faltan los primeros planos y te dan ganas de ponerlos... por eso me gustan los dvd , que vienen con extras, escenas y todo...
- O sea que a tus libros hay que comprarlos diez años más tarde...
- Diez, veinte, treinta y cuarenta... Es muy gracioso en el caso de Barrie (James Mathew, creador de Peter Pan y personaje de Los jardines de Kesington ) porque él hacía lo mismo, nunca terminaba. Pero también pasa con En busca del tiempo perdido , todo el tiempo están saliendo ediciones nuevas.
- Sos un fanático de Proust, ¿no?
- Sí, más que fanático es una actitud completamente reverencial. Ese libro es como el monolito de 2001, Odisea del espacio (Kubrick, 1968): una fuerza cósmica sobrenatural, nunca leíste algo así en tu vida y nunca vas a volver a leer algo así. Es el techo absoluto. Cuando lo leí, por un lado me deprimí mucho, por otro me pasó que escribí Esperanto en una semana. Te carga mucho, es una especie de combustión, formidable.
- Ahora vamos a caer en lo típico, ¿cómo ves Argentina desde acá?
- En realidad, trato de no verla, aunque la veo porque tengo que escribir muchas veces sobre la Argentina... La veo de tres maneras simultáneas: como argentino me duele; como lector me parece muy divertida porque todo el tiempo pasan cosas inesperadas, siempre supera a sí misma en el peor sentido de la palabra; y como escritor me parece muy mal escrita. Después me duelen ciertas cosas puntuales, gestos y rasgos de los argentinos, incluso no de los argentinos sino de los que yo conozco, que me parecen inexplicables
- ¿Cómo cuáles?
- Esa especie de agresividad cariñosa constante, ese “porque te quiero aporreo”. Todo tiene una cuota de eterno pagar. Tal vez ocurra en todos los lugares del mundo con los locales, pero cuando sos extranjero, si estás bien posicionado, el hecho sólo de ser extranjero te permite cierta distancia y el trato también es diferente, en el sentido de que no estás involucrado en ninguna de las capillas ni de las problemáticas locales. Si sos medianamente respetuosos y hacés las cosas bien, no te mandás cagadas, estás bastante al costado de los rasgos negativos... El problema es que en Argentina si sos respetuoso y hacés las cosas bien y no te mandás cagadas también te maltratan. Pero bueno, no me quejo...
- ¿Tenés perspectivas de volver?
- No, la verdad que no. Cuando salís por primera vez muy chico de tu país, porque te tenés que ir, eso te genera una cantidad de células extras que por un lado te dan la ventaja de caer parado en cualquier parte, y después, pasa que la nostalgia es un valor mucho más reducido... Me he convertido en un extranjero bastante profesional. No digo que no pueda volver a la Argentina, pero volvería también a ser un extranjero.
- Sí, la Argentina muta tanto que si no estás ahí...
- La sensación es que uno se pierde demasiados capítulos de la telenovela y es difícil ponerse al día, un esfuerzo un poco sobrehumano. Además, yo me vine en el ‘99 por cuestiones personales, no como parte del éxodo masivo, o sea que también me fui con un buen karma . Supongo que si te vas obligado porque no tenés trabajo, la necesidad de volver es más grande, te sentís expulsado. Pero a mí me iba bien en mi país, y de hecho sigo conectado.
- La literatura argentina actual, ¿cómo la ves?
- la literatura es una de las pocas cosas de las cuales podemos enorgullecernos. En Argentina siempre se escribió bien, otra vez, como un mecanismo de defensa, ¿no? Siempre se mintió con clase... Y la literatura argentina fue, está hecha, de escritores. No la considero un movimiento, si te ponés a analizar escritor por escritor ves que hay mucha diversidad, diferencias irreconciliables. Lo único que tienen en común los escritores argentinos es el espacio geográfico y temporal que habitan o habitaron. Eso me parece muy bueno... Hay escritores que a mí me interesan muchísimo, como Fogwill, Marcelo Cohen, Alan Pauls, Guillermo Saccomano, algunas cosas de Aira... todos muy diferentes. De todas maneras, hablo por mí pero me parece que nos pasa a todos, está el no sentirse un escritor “argentino”, en el sentido de que la “argentinidad” sea un componente importante de lo que conforma nuestras obras. La Argentina siempre está de un modo u otro, pero eso es una diferencia con otras literaturas latinoamericanas. Nuestros próceres mismos: Borges es un escritor formado a base de escritores extranjeros, Cortázar había nacido en Bélgica, los dos murieron afuera. Yo digo que mi patria verdadera es mi biblioteca, creo que el país de cualquier escritor es su biblioteca. Hay argentinos en esa biblioteca, digo, Fogwill: escritor argentino contemporáneo, escritor que me gusta, y ni siquiera digo Fogwill, digo libros de Fogwill. No pienso en los escritores salvo en casos muy puntuales, el libro es lo que queda del escritor y eso es lo que vale, la foto en la solapa o en la contratapa es casi una necesidad de marketing, no tendría por qué estar ahí. De hecho a mí me molesta mucho.
- Vos decís que tus libros pueden caracterizarse como irrealismo lógico en oposición al realismo mágico, ¿cómo lo definirías?
- Eso es algo que me inventé para cuando salgo de gira... Como vengo de Argentina, Latinoamérica, todo el mundo piensa que tengo que escribir en clave de realismo mágico, y esto sería al revés. Si el realismo mágico es como la normalidad con ciertas esquirlas de cosa mágica, lo mío es completamente irracional todo y a veces me veo obligado introducir algo de lógica para sostener el delirio, eso y la teoría del glaciar, son mis constantes teóricas.. Eso es todo...
- Tus dos ideas teóricas sobre la literatura...
- Sí sí, no sé mucho más. Bueno, mis libros en cierto sentido son bastante teóricos, todo el tiempo están siendo invadidos por una voz reflexiva y teórica, que no sé si soy yo exactamente, pero con muchas de esas cosas estoy de acuerdo, con otras no.
- Sobre el mismo acto de escribir...
- Sí, eso me gusta. Me gusta la idea de que el libro venga con su propio making off , cosa que hace también Vila Matas. Me gusta la idea que se vean engranajes, no constantemente, pero que vayan alternando.
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