| |
EL NAUFRAGIO. Sobre El Arca rusa
Por
Eloísa Oliva
Dirección: Alexandr Sokurov
País de origen: Rusia / Alemania
Año: 2002
Duración: 96 minutos
Título original: Russkij kovcheg
Cámara: Tilman Büttner
Intérpretes: Sergei Donstov, Mariya Kuznetsova, Leonid Mozgovoy, David Giorgobani, Alexandr Chaban, Maksim Sergeyev
El arca rusa fue rodada en un día, el más corto del año 2002, con un equipo de alrededor de 4000 personas en las habitaciones del Mueso Hermitage de San Petesburgo (antiguo Palacio de Invierno, residencia real) con la monumentalidad de una superproducción, en una exhaustiva toma de una hora y media donde no había segundas oportunidades para nada, y donde el camarógrafo Büttner -el mismo de Corre Lola Corre (Tykwer, 1998)- soportó el peso de la steady cam durante todo ese tiempo. Una película titánica, imposible, que compitió en el último Festival de Cannes, estrenó en Buenos Aires recientemente y ojalá alguien decida exhibir en Córdoba.
Una voz profunda y trágica -la voz de la cámara, ese ojo omnipotente que se nos entrega-comienza a hablar desde el desconcierto con algo así como “qué estoy haciendo aquí, ¿será esto un sueño?”.
Se abre el plano desde el negro para que la nobleza rusa, urgida en sus gestos galantes, guiada por desconocidos y frívolos cometidos, se desparrame sobre la nieve, correteando para entrar al palacio. Ese palacio es el Museo Estatal de Arte de San Petesburgo, el Hermitage, gestado a partir de la colección adquirida por Catalina la grande, zarina de otros tiempos y amante de la pintura flamenca.
La voracidad del voyeur más acá de la cámara está resguardada por el carácter fantasmal que ésta parece tener, deslizándose, siendo protagonista, pero sin ser descubierta por los personajes que se suceden a lo largo de 33 habitaciones del Hermitage. A lo largo de la historia rusa de los últimos siglos. A lo largo de una toma eterna, la más larga del cine.
Así empieza la odisea Sokurov, esta ficción sobre la historia y el presente de un edificio simbólico que sólo puede haber sido ideada por un obseso, que avanza con la delicadeza de sus personajes, con el ritmo de un vals perpetuo.
Una toma: una película. Así lo quiso Sokurov. El video digital le permitió recorrer el Museo sin necesidad de corte, con una steadycam que no parece cansarse y un equipo que funciona milimétricamente para salvar la toma.
A lo largo de los pasillos, otro fantasma nos lleva de un cuarto a otro, un diplomático francés del siglo XIX que no sabe cómo es que está hablando ruso, qué hace allí, pero que sin embargo conoce la casa, y la historia rusa de entonces. Un francés ataviado como un poeta romántico, que va deteniéndose en cada visitante para repasar las piezas de arte, el goce que provocan: una ciega, hombres del siglo XX, un pagano, un muerto de la segunda guerra que aguarda con su ira detrás de una puerta cerrada.
La superposición de los tiempos y las heridas rusas, ese pueblo perdido en la aridez de los siglos, van volviendo comprensible el eco grave y nostálgico de esa voz que nos arrastra, que parece buscar entender la historia rusa para entender la suya propia, ahí, en el hogar opulento y fantástico de la extinguida nobleza.
El “europeo” -como llama la voz al francés-, después del recorrido y en el baile final, decide perderse en el sueño de la historia, y la cámara nos aparta, mientras retumban ya las bombas bolcheviques, hacia un mar brumoso y gris de invierno.
Ahí se apoya la mirada, en un plano indescriptible, para cerrarse anunciando un navegar eterno, más allá del tiempo, silenciado y fantasmal como el de la nobleza rusa.
Un irse de las cosas al infinito, un eco. Como el mismo cine.
|
|
|
23. Sara Gallardo
Celuloide
. Caetano, un clásico . Una aproximación al director argentino a partir del taller que realizó en el Cineclub Municipal en Córdoba.
Por Mariano Barsotti
. El naufragio, sobre El Arca rusa, de Alexandr Sokurov, aún no estrenada en Córdoba.
Por Mariano Barsotti |