PARAFERNALIA PIGLIANA EN CUATRO MOVIMIENTOS.

Respiración Artificial: lecturas diversas. (Segunda parte)

Por Sebastián Pons

En esta segunda entrega, como suele nominarse a estas primeras continuaciones, me permito justificar mi larga indagación en cuatro partes de una pequeña (menos de doscientas páginas) gran obra con una frase plagiada del profesor Maggi (frase que es citada en el ensayo a continuación): lo hago –aparte del placer que de por sí produce la lectura, el análisis y la escritura sobre piezas como ésta- “para entender también algunas cosas que vienen pasando en estos tiempos y no lejos de aquí”. Hoy los medios de comunicación son los grandes fabuladores-realizadores; vale hacer una diferencia: los libros de historia “inventan” (descubren/crean) sobre el pasado; la TV, la radio y los medios gráficos “fabulan” lo cotidiano. Grandes metáforas (mayormente confeccionadas con malicia) de una realidad que vaya a saber uno si existe más allá de ese metaforizar, creo vaga e inútil la labor de develar “qué” hay detrás, y conveniente el indagar sobre “la forma en que” eso que está adelante (la cáscara, la máscara, el artificio) nos burla con su apariencia de cosa esencial, primera y única.


II
Historia ficcional, ficción histórica y sus posibles reversos.

¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si
los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios.

Jorge Luis Borges

No al azar (para nada) recordaré un modismo frecuente, que ya tiene sus décadas, por lo menos en la Argentina: el ya famoso “como si” . Un alumno que expone, incluso un profesor que intenta responder una pregunta que lo pone en aprietos, un conductor de televisión, un actor de una serie que se transmite horas después por el mismo canal, una charla entre amigos, un artista que explica el concepto de su obra, un analista político desplegando la situación actual del país, en cualquier lugar, en todo momento, como acompañando o reemplazando un titubeo o de forma automática, un “como si” aparece inevitablemente. Podríamos hasta asegurar (no lo haremos) que inconscientemente todos por estas latitudes reconocen la identidad de “construcción” que subyace tras las cosas entendidas como naturales, como dadas. La historia es una de esas entidades formadas (conformadas) a las que se aboca Piglia en uno que otro ensayo y también en sus ficciones. Le importa a Ricardo, en Respiración Artificial, dar a entender (entre tantas cosas que le importa dar a entender) la idea de la Historia Argentina como construcción comparándola a la confección de una ficción, refiriéndose específicamente a la utopía epistolar pretendida (y nunca acabada) por su personaje Enrique Osorio.
Como en otras cuestiones, la misma obra nos da la clave para interpretar la utopía de Osorio de esa forma: intercaladas con tramos epistolares en los que Osorio expresa sus inquietudes y confiesa la forma en que llevará adelante su proyecto literario, encontramos reproducidas cartas varias de diferentes personas que versan sobre diversos temas, y que son profanadas por un tal Arocena, empleado de correo o ligado de alguna forma al correo (quizá el único personaje que, por estas actividades y por su identidad vedada, representa al régimen de gobierno de la época –1976 a 1979 aproximadamente). Entre estas cartas encontramos expresada cierta revelación: un sujeto que escribe desde Nueva York vive unas cuantas experiencias no similares sino idénticas a sucesos relatados en novelas de escritores norteamericanos que él mismo leyera. Idénticas: la situación, el clima, el lugar, las personas (o personajes): idénticas. “La naturaleza imita al arte” (p 89) concluye en un primer momento quien escribe, justificando sus experiencias con la prolijidad con la que los escritores de Norteamérica se abocan al realismo. Pero repetidos estos encuentros se corrige: “he descubierto una incomprensible relación entre la literatura y el futuro, una extraña conexión entre los libros y la realidad” (p 91).
Enrique Osorio, a mediados del siglo XIX, da los lineamientos básicos de su novela utópica (Trama: un hombre recibe, entre 1837 y 1838, cartas del futuro, de la Argentina de 1979, e intenta descifrarlas). Lo fantástico es sugerido cuando se reproducen tramos de su diario, en donde comenta la pretenciosa obra, mezclados con las cartas interceptadas por Arocena en 1978/79, entre las cuales (y esto es remarcable) se encuentra la del hombre a quién acontecen las vivencias de ficción novelesca a las que nos referimos anteriormente. Pareciera (es “como si”) Arocena fuera, a la vez o por momentos, tanto el entrometido espía de correo como el personaje de la novela de Osorio que intenta interpretar las cartas pero con motivos diferentes, los de entender el mundo futuro. Cartas que, dicho sea de paso (paso firme, por cierto), representan los rasgos más generales de los aconteceres de la época: un hombre que le escribe a su hijo en EE.UU. para contarle sobre la crisis económica argentina y que recuerda los tiempos en que “el General” (Perón) estaba vivo; otro que, exiliado, se comunica de forma epistolar con sus amigos argentinos sintiéndose parte de una nueva generación romántica y preguntándose a quién de ellos les tocará escribir el Facundo; una joven que escribe a su hermano en París citando a Spinetta o a Seru Girán y bromeando sobre una posible relación incestuosa. La idea literaria de Osorio abre la probabilidad: lo que viven las personas que escriben las cartas presentes puede haber sido previsto por su utopía epistolar – la incompresible relación entre literatura y futuro .
Pero más allá de este halo de conexiones fabulosas entre tiempos distantes, se pretende poner al desnudo el carácter ficcional de la historia mediante la exacerbación y la parodia, ya que tanto un historiador de 1979 que trabaja con documentos del pasado como un personaje novelesco de 1837 que recibe cartas del futuro deberán conocer, reconocer y reconstruir a partir de lo interpretado por ellos; no habrá una verdad pura de la historia (pasada o presente) sino meras aproximaciones y abundantes invenciones que llenen los espacios mudos entre los acontecimientos documentados. Pensando en su obra utópico-epistolar Osorio la compara: “El modelo es el cofre donde guardo mis papeles ¿Qué podría inferir de ahí alguien que los leyera dentro de 100 años, sin tener frente a sí nada más, sin conocer otra cosa de esta época cuya vida trata de reconstruir?” (p 74).
Ahora observemos: las cartas que revisa Arocena hablan de diferentes situaciones vividas por argentinos, describen algunas costumbres genuinas de la época y otras que tienen su raíz en la tradición, formas de pensamiento heredadas y construidas históricamente, muchas de las cuales, en su momento, se dijo (se quiso), describen al ser argentino . Ahora volvamos a nuestro “como si” y pensemos nietzscheanamente: no realidades sino interpretaciones de algo así como una realidad (haciendo de cuenta – “como si” – tal realidad primera existiese); o digámoslo de forma extrema a lo Piglia: no hechos naturales sino ficciones histórica y socialmente construidas, muchas con intenciones vedadas de un poder político y todas acompañadas de mecanismos que las dotan de un sentido a la vez que las manifiestan como naturales. En la Argentina la literatura estuvo (en un principio enfáticamente) y continúa ligada de forma íntima a la política, por lo que admitir la propuesta crítica de Piglia para abordar y problematizar la historia se nos presenta de una forma para nada absurda o fuera de lugar . El personaje principal de ésta su novela, Emilio Renzi, es quien tiene conciencia de este carácter ficcional de las cosas que pululan más allá de las comarcas de la ficción, y sobre todo en su época, tan irrealmente sentida: “Sencillamente se me ocurre que la parodia se ha desplazado y hoy invade los gestos, las acciones. Donde antes había acontecimientos, experiencias, pasiones, hoy quedan sólo parodias. (...) la parodia ha sustituido por completo a la historia. ¿O no es la parodia la negación misma de la historia?” (p 100)
Es de destacar (o no) que no es para nada inocente la ubicación temporal de Enrique Osorio: los años oscuros del gobierno de Rosas; ni tampoco el proyecto novelesco: la interpretación desde el pasado rosista de la época de Renzi (otra etapa del proceso nacional, otros años oscuros de la historia argentina); ni mucho menos las características de ese Enrique Osorio: secretario de Rosas a la vez que implicado en un complot en su contra, amigo de Alberdi y espía para el gobierno, informante sobre la actividad de los exiliados y exiliado él mismo. Este carácter ambiguo y las vivencias fuera de lo común en las que abundan los documentos que dejara, son las cuestiones que atraen y obsesionan a Marcelo Maggi en su investigación sobre ese seudo-procer; “trato” , confiesa, “de usar esos materiales que son como el reverso de la historia y trato de ser fiel a los hechos pero a la vez quisiera hacer ver el carácter de la vida de esa especie de Rimbaud que se alejó de las avenidas de la historia para mejor testimoniarla” (p 26). Además de utilizarlos para hacer otra lectura del pasado del país, esos documentos les sirven al profesor Maggi “para entender también algunas cosas que vienen pasando en estos tiempos y no lejos de aquí”(p 64). Es el mismo “mensaje secreto de la historia” por el que el viejo senador Osorio (Luciano, nieto de aquel otro), drogado a calmantes y morfina y solitario en uno de los extremos más perdidos de su inmensa mansión, se pregunta constantemente hasta la demencia.
Entendido el “como si” como intuición o revelación inconsciente sobre la esencia ficcional de la historia, y recordando la relación entre la literatura y el futuro, cabe una pregunta en la época en que Respiración Artificial fue concebida, pregunta expresada por el mismo descubridor que en la carta expone esa relación maravillosa entre los libros (¿de literatura? ¿de historia?) y la realidad: “¿Podré modificar esas escenas? ¿Habrá alguna forma de intervenir o sólo puedo ser un espectador?”
Es “como si” se preguntase sobre la problemática Determinismo versus Libre Albedrío, otra dicotomía redundante, empalagante y gastada como la de Ficción – Realidad.

 

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1 Para ampliar el concepto citamos a Adolfo Bioy Casares, Diccionario del Argentino Exquisito: “Como: Modo adverbial muy usado en Chile y de reciente (1978) aceptación en nuestros círculos exclusivos. ‘Estas ranas a la provenzal están como ricas’, ‘La Chita dijo: Mi novio es como cansador’, etcétera.”. Dos salvedades hechas a la justa descripción de Bioy: primero, sin insinuar del todo su alcance popular, aseguraré en todo caso lo ya no tan exclusivo de su uso y aceptación, o al menos la intención de exclusividad de los muchos que “comoean” hasta el cansancio. Segundo: el agregado del “si”, aunque quita la elegancia del toque verbal aquel de círculos exclusivos, es quizá una consecuencia de una moda y unos tiempos bastante apresurados y poco seguros para arriesgar un “algo” más allá de la manifestación o representación de las cosas.

2 Magnífica verbigracia: Kafka anticipándose a Auschwitz (ver ensayo en número anterior,
Kafka o el artista moderno en la visión de Piglia, FdR - Baños).

3 Mero detalle marginal: El personaje Tardewski se burla del filósofo Keyserling cuando este pretende, en su interpretación metafísica de la Argentina y del Ser Nacional, ver
“a la pampa como Ahi-del-Dasein y al gaucho como representante en sí del argentino invisible”(p. 162).

4 Advierte Renzi al principio de la novela:
“De Yrigoyen me interesa el estilo. El barroco radical. ¿Cómo es que nadie ha comprendido que en sus discursos nace la escritura de Macedonio Fernández?”. Y más adelante agrega: “La historia argentina es el monólogo alucinado, interminable, del sargento Cabral en el momento de su muerte, transcripto por Roberto Arlt”(Piglia, 1995, p. 15)



   
20. Cumpleaños

Parafernalia pigliana en cuatro movimientos.
  Respiración Artificial: lecturas diversas. (Segunda parte).

Por Sebastián Pons

En ásperas tierras.
 Textos de la Presentación de la novela "Tama",
de María Teresa Andruetto.

Por Federico Lavezzo y Gastón Sironi

DANOS ALIVIO, FICCIÓN.
Por Luciano Lamberti

  federata.com.ar - Año 2. Nº 20 - CÓRDOBA - ARGENTINA - Agosto de 2003.
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