Por Luciano Lamberti


Hay escritores razonables, escritores dementes y escritores que ocupan alguno de los matices que quedan en el medio. La escritura que producen no siempre se les parece, como el padre alemán que mira con desconfianza al hijo morocho y de ojos negros: a pesar de los pocos datos biográficos que se tienen sobre Sófocles, se sabe que fue un hombre hermoso, inteligente, exitoso y profundamente feliz, que escribió tragedias desgarradoras (esto vendría a negar el mito del escritor que compone su obra desde una grandes dosis de alcohol, drogas, exclusión social y peleas con los padres). Una obra puede diferenciarse de las condiciones, biográficas o sociales, que la generan, digan lo que digan los psicólogos o Bourdieu. No sabemos cómo fueron o qué desayunaban los autores de los libros que se reseñan a continuación. Pueden haber escrito desde un neurosiquiátrico o desde una oficina sumamente yupie en Wall Street. En el fondo no importa: las circunstancias biográficas de un escritor cumplen en la mayoría de los casos el papel de una revista de chismes. Lo que sí es importante es que estas obras maestras, como la de la mayor parte de los iluminados del mundo, corre todo el tiempo el riesgo de disolverse en el olvido (tantos libros al soberano cuete son los responsables, entre otros factores, de esta tendencia a que lo verdaderamente bueno pase de largo).
Comencemos con “Medicina Católica”, del doctor Henri Bon, publicado por la editorial Poblet en 1940. Adelantado a su tiempo, el libro posee una visión más amplia del hombre, de la realidad y del cosmos en general que cualquier volumen de filosofía de la época. Para dar un ejemplo: no sólo habla de los estigmatizados piadosos sino también (y entre títulos tales como “Levitación”, “Invisibilidad” o “Profecías y premoniciones”) de los falsos estigmas, monumental recurso de verosímil que será luego utilizado por Borges en “El Aleph”, cuando declara que el que él había presenciado era un falso Aleph, con lo cual se hacía creíble su existencia. Y eso no es todo. A la hora de hablar del bautismo (procedimiento de emergencia que cualquier médico en su sano juicio debe conocer) hay un apartado especial que merece su transcripción. Es el titulado “Bautismo de los monstruos”, y dice más o menos lo que sigue: “Si hay duda de la existencia de uno o de varios seres humanos en el mismo monstruo, se debe bautizar primero, sin condición, al que parece más verdaderamente humano; después, bajo condición: Si tu eres capaz... al otro cuerpo, por malforme e incompleto que sea”. Y lo mejor: “Aquí también vale más bautizar una vez más que una vez menos”. De este libro a la literatura de Lovecraft o de Stephen King hay una paso muy muy cortito.
En segundo lugar, y siguiendo dentro del género, nos encontramos con “Paradigmas: Mitos, enigmas y leyendas contemporáneas”, colección dirigida por Gustavo Frías, y que va a dar de que hablar a más de uno. Alguno de los títulos del volumen que tengo a mano son: “Tras la fuente de la eterna juventud”, “Fantasmas, espectros y aparecidos”, y el ya clásico “Continentes perdidos”. A la hora de hablar de los fantasmas, encontramos el mismo recurso que en el libro anterior: “Además de los fantasmas que pertenecen a un lugar determinado, existen también los que dependen de una persona viva para su manifestación”. Con esa misma sobriedad del lenguaje, que dice lo justo y necesario de un modo bello y preciso, el volumen se extiende por más de ciento cincuenta páginas en la búsqueda de lo desconocido, lo paranormal y lo increíble, pudiendo así acaparar la tensión de grandes y chicos con un humor sano, del cual los editores no debieron ser muy conscientes. En este giro de la frase, por ejemplo: “Seguramente los fantasmas tienen una explicación que calza dentro de las leyes físicas, pero lo que intriga son sus razones para querer volver a este mundo, para quedar retenidos en lugares que ocuparon en vida”, es decir que primero se les adjudica la propiedad de ser fenómenos puramente físicos y sobre el pucho se pregunta cuales pueden ser las razones para que quieran volver al mundo, en un asombroso trabajo discursivo que dejaría boquiabierto al mismísimo Dante Alighieri.
Dejando de lado el ensayo científico, pasemos a la literatura. Aquí nos sobran ejemplos, pero quiero señalar solamente dos, que son para mí los más representativos. En el campo de la narrativa, nos podemos encontrar a autores de la talla de Eric Linklater, a quien la editorial Espasa Calpe le publicó una novela titulada “Juan en China”, cuyo primer párrafo puede darnos una idea general del contenido de lo que sigue: “Desnudo y avergonzado”, escribe Eric, “Juan había sido miembro de la colonia nudista del doctor salvador por espacio de cinco nefastos días”. Y así. A todo esto, en la contratapa se nos aclara que el autor es “un novelista original y distinto que, frente a las tendencias contemporáneas de la novela, absorbida por el sondeo surrealista del inconsciente, el afán documental o la controversia intelectual, reivindica las mejores tradiciones de la novela clásica”. Advertir lo de “las mejores tradiciones”.
Por último, un ejemplo poético. Lo extraigo de la revista “Gendarmería nacional”, más específicamente de la sección “Hijos de gendarmes”, y está titulado “Infancia en la frontera”. Es el testimonio conmovedor de María Rossana E. Rizo Avellaneda, que “describe con sencillez y pulcritud la síntesis de algunos pasajes de su niñez en fronteras, mencionando hechos, cosas y personajes propios de la cotidianeidad institucional”. A continuación, algunos fragmentos, en los que se debe poner atención a la forma en que la niña interpreta las enseñanzas de su venerado padre. Los términos marcados en negrita son los que se aluden a la jerga militar:

“¡Ah!... si habré patrullado!
Un bolsillo con piedras,
otro con pan casero,
me acercaba a los ríos de deshielo
para escuchar el ruido
de correntada suelta (...).
¡Ah... si me habré insolado!
No con sol de ciudades
debilucho y enfermo
sino el sol de montaña.
Aparece a un costado,
obediente subalterno del hombre
pero no está tranquilo
hasta que no está arriba (...).
Cuando así estaba el sol
yo andaba con la lupa
verificando hitos alrededor de la casa
y sigilosamente buscaba en la vereda
esos infortunados insectos invasores
que no faltan
y según iba el sol
yo orientaba mi lupa con cuidado
hasta que el pobre bicho
moría lentamente, achicharrado...”

No creo necesario explicar la metáfora de la niña.


   
06. El Tiempo

Obra de Iluminados
Por Luciano Lamberti

Entrevista a Lilia Lardone
Por Federico Falco

  federata.com.ar - Año 1 . Nº 6 - 2002.
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