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Por Diego Vigna
Entre el puñado
de columnas caían dos telones blancos con el logo de
la revista, como para completar la paradoja histórica
en el disfraz del edificio. El Cabildo de la ciudad - qué
lugarcito eligieron, ¿no? – fue la cueva adaptada
para recibir la muestra fotográfica en Córdoba
de Rolling Stone, publicación mensual editada en Argentina
desde 1998, y harto conocida por dedicarse a las “distintas
expresiones de la cultura joven”, como ellos mismos
lo reproducen en sus páginas.
Aquellos rincones frente a Plaza San Martín que comúnmente
se empapan de museo y vacío, estuvieron pintados (durante
esta exposición) de un contraste increíble,
como si uno de esos caprichos fugaces del tiempo hubiera visitado
el corazón de La Docta.
Entre las baldosas y los portones de madera, testigos cansados
del paseo humano, fui avanzando por un recorrido que supuestamente
representaba la historia de la revista, aunque en realidad
no fue más que un manojo de fotos entremezcladas, fieles
exponentes de la misma hibridez temática que incluye
el formato original. Desde el miembro forrado en cuero de
Peña salté al eterno jopo de David Bowie; descansé
en el bigote de Charly y en la galera de Slash, estuve camuflado
entre las nubes de Lennon y en un grito de Maiden... pero
inevitablemente terminé escondido entre los pechos
de Madonna, como para no perder la costumbre, ¿vió?
Los mejores exponentes del rock nacional y extranjero, actores,
deportistas, y hasta un rejunte de personajes mediáticos
vagaron por las salas. Enormes músicos difuntos, genios
del pop, lugares inhóspitos y un par de portadas internacionales
completaron el conjunto total de la muestra, que tuvo en general
los mismos detalles que caracterizan a la edición mensual:
En lo que respecta a la fotografía, el nivel expuesto
fue absolutamente impecable. La calidad de los materiales,
la prolijísima presentación y el producto final
de las distintas imágenes reflejaron las mismas sensaciones
que produce estéticamente el diseño de la revista,
aunque en este caso en un tamaño mucho más amplio.
El dominio y la distribución de la luz en rostros y
escenarios, los trabajos en sepia y algunos encuadres con
cuerpos en movimiento resaltaron ese perfil inconfundible
que practican en las fotos. Pero al entrar en el plano de
la ambientación demostraron una mediocridad sorprendente,
con fallas que hasta parecían estúpidas, como
la ausencia total de sonidos que refuercen el clima creado,
o esa ubicación ordenada que nunca existió.
Y afirmo esto porque se supone que en una muestra integradora
de un material tan diverso, debe existir un orden cronológico,
o por lo menos temático.
En fin, el paso de la Rolling por el Cabildo mostró
el pulgar en alto cuando se pudo disfrutar de la admirable
producción fotográfica, instalada en un espacio
mezclado entre la tradición y lo moderno, en un choque
de fuerzas que resultó muy original desde lo estético.
Pero el balance final podría haber sido mucho más
grato si hubiesen despertado antes de abrir la caja registradora;
con un toque más de espíritu artístico
y un poco menos de boludeo comercial, se hubiera podido intentar
alguna locura multi-sensorial que le falte un poco el respeto
al empedrado...
de la cabeza, por supuesto.
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