Por Marcos Santucho

Los historiadores de la ciencia occidental están aprendiendo a ser más prudentes en sus interpretaciones sobre el conflicto entre ciencia y religión. Los estudios desarrollados en el último siglo han permitido mostrar algunos aspectos del innoble origen de la ciencia que ningún positivista ortodoxo estaría dispuesto a reconocer. Ideas como “Ley” o “dominio de la naturaleza”, tan arraigadas en la ciencia, sólo pueden comprenderse a la luz de la tradición judeocristiana. La aproximación a las interminables discusiones dentro de la ciencia advirtió a los historiadores que las creencias religiosas de los científicos fueron afectadas por las consecuencias de sus propias investigaciones.
Pero negar el conflicto es ignorar la historia. Uno de los episodios en los que se puede indagar esa confrontación, es en la introducción de una dimensión histórica en la ciencia, lo que significó una impugnación al relato bíblico de la Creación.
Desde el siglo XVII, una extensa polémica en torno a la edad de la tierra dividía a teólogos y científicos. En 1650 basado en su erudición bíblica el arzobispo de Armagh, James Ussher, inauguró la controversia calculando que la fecha de la Creación correspondía al año 4004 a. C. Disciplinas recientemente surgidas como la geología y la paleontología, con sus rigurosos métodos de estudio y sus revolucionarios descubrimientos, comenzaron a conspirar contra la supuesta verdad encerrada en las Escrituras. Parece que las impiadosas ciencias reclamaban para los procesos naturales más tiempo del que Dios, según la Biblia, les había otorgado. El libro Theory of the Earth with Proofs and Ilustrations (1795) del geólogo escocés James Hutton rechazó con fundamento la cronología bíblica y los relatos del Génesis, por lo que se ganó el repudio de teólogos y también, de varios científicos.

Pero fue a mediados del siglo XIX cuando la lectura literal de las Escrituras fue impuganada de manera definitiva por las investigaciones de los científicos. Para la religión sólo quedaba lugar a la reconciliación y la metáfora: un intento pertenece al zoólogo inglés Philip Henry Gosse.
En un memorable ensayo de Otras inquisiciones, expone Borges: “Gosse, [imagina] un tiempo rigurosamente causal, infinito, que ha sido interrumpido por un acto pretérito: la Creación... el estado n presupone el estado c, pero c no ha ocurrido, porque el mundo fue creado en f o en b. El primer instante del tiempo coincide con el instante de la Creación, como dicta San Agustín, pero ese primer instante comporta no sólo un infinito porvenir sino un infinito pasado. Un pasado hipotético, claro está, pero minucioso y fatal. Surge Adán y sus dientes y su esqueleto cuentan con 33 años; surge Adán (escribe Edmund Gosse) y ostenta un ombligo, aunque ningún cordón umbilical lo ha atado a una madre”*
Según Gosse con la Creación aparecen vestigios de acontecimientos que en verdad nunca ocurrieron; a esos acontecimientos que su Dios eligió dejar fuera del tiempo, pero que parece requerir logicamente para lograr el estado del mundo en su instante inicial, los denomina “procrónicos”. En este sentido, los fósiles, los estratos geológicos, entre otras cosas, son para Gosse artefactos procrónicos de un tiempo no-existente correspondiente a miles de años anteriores a la Creación.
Omphalos es el nombre griego para ombligo y el título que eligió Gosse para el libro en el que desarrolló su hipótesis en 1857. Esa elección está basada en aquella vinculación que estableció entre el problema del tiempo y las antiguas discusiones teológicas en torno al ombligo de Adán.
La insensatez y el ingenio de la hipótesis invitan al examen. Un recorrido conduce a negar la omnipotencia de un Dios cuya voluntad se encuentra limitada por una lógica rigurosa y superior: la Creación requiere necesariamente estados anteriores. Otro camino puede dirigirse a un Dios -como genio maligno- que engaña al paleontólogo sembrando fósiles de animales y plantas que nunca existieron.
Pensar el tiempo y escudriñar el origen han sido siempre para los hombres un motivo de perplejidad; para Gosse, una mácula. “Su involuntaria reducción al absurdo de una creatio ex nihilo” y su postulación indirecta de la eternidad del universo resultaron más “elegantes“ que aquella verdad defendida. Su recuerdo denuncia una ilusión aún contemporánea: la de los que, ignorando la historia, todavía pretenden mantener como vigentes relatos “caídos”.
La hipótesis Omphalos no satisfizo a teólogos ni científicos. Los periodistas la ridiculizaron y el propio tiempo se encargó de eliminarla con celeridad. Casi olvidado, Gosse debe su escasa fama al hombre que nunca lo leyó
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* BORGES, Jorge Luis: “La Creación y P.H. Gosse”, Otras Inquisiciones, en Obras Completas, II, Emecé.


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