Por Luciano Lamberti

16 de junio del 2001. 23: 45 horas.

Está quieta sobre la cama. Inmóvil, inerme. (...) La ausencia definitiva de tonicidad muscular ha modificado los rasgos de la cara y de las manos. Falta otra cosa, también, pero esa otra cosa es indescriptible, porque no corresponde a la realidad sino a la ausencia de la realidad. Algo cambia en los cuerpos cuando la vida se despega de la carne, algo perfectamente reconocible pero imposible de identificar. Segunda observación: un cuerpo dormido no es igual a un cuerpo muerto. La carne, abandonada de la tensión identificada como “vida”, se vuelve extraña a sí misma, como una casa deshabitada.

El tiempo no es tal sino en sus signos, eso va de cajón, como decía Borges. Precisamente ese viejito con cara de bueno concibió, en un par de relatos que podrían valer la pena, al tiempo como algo esencialmente extraño, algo que comporta en sí mismo una paradoja. Aceptamos que en un par de años seamos capaces de mirar, retorciéndonos de nostalgia, la foto de un chico con una sonrisa ingenua y pantalones cortos, como aceptamos (porque la mami y el papi...) ser miembros de la especie humana, mirar el movimiento del algo llamado “sol” en la circunferencia de algo llamado “cielo” todos los días, en dirección este / oeste, o como aceptamos que esta suma de calles y tardes y noches y cigarrillos y caras y tos y frío y tazas de té sea denominada “realidad”. Los señores que piensan que no, que todo esto podría ser distinto, se llaman artistas o filósofos o gustan de pasar largas temporadas en el Borda, vestidos con un chalequito bastante abrigado y mirando un punto fijo en la pared. Pero no hay tu tía: alguna vez, allá en los oscuros tiempos de la infancia, advertimos con una hermosa curiosidad que había un lapso, una pausa, entre el cigarrillo recién encendido y la colilla que se aplastaba en el cenicero. Ese lapso, nos dijeron después, recibe el nombre de tiempo.

18 de junio del 2001. 23: 46 horas.
(...) Tercera observación: el olor ha cambiado. No se advierte, aún, la presencia de un olor desagradable, porque si bien a nivel celular el proceso de descomposición ya ha comenzado, todavía es demasiado pronto para poder advertir sus signos. No. Lo que ha cambiado es otra cosa. El olor de su piel, el olor natural que la identificaba entre todas las otras, ha abandonado el cuerpo. Ahora sí, es nada más que carne, carne anónima. Me acerco y trato de oler. Nada. Ni un vestigio de la anterior naturaleza.

Entropía: proceso que, referido a un sistema, consiste en el pasaje del orden al caos. En la entropía negativa, el pasaje es inverso. Una vez, hace mucho, mucho tiempo, el señor Dios juntó una bolita de energía condensada del tamaño de una naranja y, después de ciertas dubitaciones, Big Bang. La escena siguiente son las millones de galaxias que conforman el universo, alejándose la una de la otra. Astrónomos miden la distancia entre dos estrellas. Astrónomos notan que se agranda con el paso del tiempo. Astrónomos sacan conclusión: la energía desatada por el Big Bang aún no se ha agotado, el universo se expande a una velocidad cada vez menor, y ese movimiento de expansión responde a las reglas de la entropía positiva: es decir, de un pasaje del orden al caos. De ahí a afirmar que el mundo es un quilombo cada vez más grandes hay un solo paso. Y yo no he sido el primero en decir esa clase de cosas: Hesíodo, en la Teogonía, describe las edades de la Humanidad, que irían de mejor a peor: Edad de Oro, Edad de Plata, Edad de Bronce, Edad de Hierro. Grandes calamidades, peste. Demás está decir (o no, no está demás) que esas edades se corresponden, de alguna forma, con las sucesivas estaciones de un hombre a lo largo de su vida: infancia, juventud, madurez, vejez. El universo entero es un sistema que, empujado aún por la fuerza desatada en la primer explosión, sigue abriéndose hacia el caos. A ese desplazamiento en el espacio, a los cambios suscitados por ese desplazamiento, se lo denomina con la palabra tiempo.

3 de julio del 2001. 2: 27 horas.
Ahora sí el olor es insoportable. He debido acercarme con un pañuelo en la boca para no descomponerme. La piel, que ha adquirido un color amarillento, cuelga flácida sobre una carne a la que no puede contener. La boca, apenas abierta, ha dejado escapar por la comisura izquierda un delgado hilo de pus, que recorre la mejilla, baja hasta el cuello y forma un charco en la sábana. Si se toca el cuerpo, se advierte que, en contraste con las primeras semanas, en la que los músculos se habían endurecido y parecían congelados, un calor distinto al de la vida supura en las partes más blandas: los muslos, la cara, el abdomen. (...) Cuarta observación: el cuerpo se ha llenado de vida, una vida ajena, alimentándose de su muerte.

Y la única fatalidad: la de nuestro propio tiempo: el caminar hacia la boca abierta de la muerte, el envejecimiento insobornable y bla, bla, bla, todo el asunto barroco. Ejercicio para los lectores: dado un niño cualquiera, proyectarlo imaginariamente hacia la madurez y la vejez y la muerte. Se notará que la maquinaria humana progresa en destrucción de sí misma, lleva implícito su propio fin. El cuerpo es una reproducción a escala del universo, y el tiempo del cuerpo es una réplica resumida del Gran Tiempo. Ergo: la entropía también se manifiesta a nivel de nuestras manos y nuestras caras. Una maquinaria que parecía hecha a la perfección comienza a mostrar su deterioro. Entonces el cuerpo se transforma en un mapa de signos, aquí me caí del árbol, aquí me besaron, aquí me operaron del apéndice. Entonces la materia que nos hace deja de ser el presente para ser el pasado, y somos compuestos tanto por la materia de la memoria como por la de los huesos y las tripas y la sangre. Los signos del envejecimiento no son otra cosa que signos premeditados de la muerte: es a raíz de eso que nuestra cultura (Elías Canetti: la cultura es un sistema construido para ocultar la idea de la muerte) ha inventado el culto de la juventud, disimulando toda alusión demasiado sincera de la idea del fin.
Junio del año pasado, Buenos Aires. Un policía retirado comenzó a creer que su vecina, que había quedado embarazada, estaba incubando al Anticristo. Para salvar a la humanidad, la invitó a su casa, la durmió con éter, la mató, la guardó en una de las piezas y comenzó a tomar nota de las etapas por las que atravesaba el cuerpo en su degradación. Cuando fue descubierto, le preguntaron porqué lo había hecho. El hombre comentó el detalle del Anticristo, agregando que se alegraba mucho de haber tomado nota, porque “la muerte que avanzaba en ese cuerpo significaba la vida del mundo”.

15 de junio del 2001. 23: 04 horas.

(...) La sangre, pegajosa y tibia, empapando las sábanas y mi propia ropa. Al desnudarla, noté la curva del vientre, y estuve a punto de acercarme para tratar de oír. Preguntarse si el feto, sumergido allí, no seguirá creciendo, ignorando que el agua donde descansa, su cuna, se ha transformado también en su propia tumba. Primera observación: el espécimen repite, a escala, el destino de todos los hombres.


Diseño de nota. Agustina Müller

   
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  federata.com.ar - Año 1 . Nº 6- 2002.
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