Por Inés Kuyusca

Estoy del lado de adentro del bar, esperando a que me traigan una suculenta hamburguesa (es suculenta porque es mía), mientras miro la calle.
Un niño de esos que te dejan almanaques sobre la mesa para que le des una moneda a cambio, se para del lado de afuera y en lugar de entrar inmediatamente, mira hacia el interior y no, me mira y no. Se acerca al vidrio; aprieta la cara contra él; hace muecas; mira de distintas formas a través de las letras pintadas, apoya la boca en la ranura que dejan las puertas corredizas, mete parte de la cara adentro, vuelve a mirarme, porque hasta ese momento, ése, había sido un juego solitario. Ahora, mirada de por medio, yo soy testigo y cómplice de ese juego. Entonces sí, empuja las puertas con la cabeza y entra. Sondea el ambiente. Mi lugar es el más próximo a la puerta, desde ahí me mira nuevamente y mis ojos se ríen con los de él. Se decide y encara las mesas con su bultito de almanaques, pero pasa de largo por mi lado. Hace lo suyo, nadie lo mira, apenas llega con la nariz a los bordes, termina y sale sin mirarme. Una vez afuera me mira por última vez.
Dentro del bar, en otra mesa hay tres adultos y dos niños. Estos últimos intentan intervenir en la conversación de los adultos y, los adultos se muestran tan fastidiados, que en un punto de la estadía casi dejan de hablar, aun así, los niños no cesan en su afán de llamar la atención.
Tan, tan pequeñito, y masculino, claramente masculino. No se lo ve de tan chiquito, se parece a aquellos seres que inventaba en la niñez, esos que sólo yo podía ver, mis amigos exclusivos. Tan jodido el mundo para él, que no le permite un lugar, ni un tiempito para jugar y sin embargo, allí o en cualquier lado puede llevar a cabo su ceremonia de niño. Incluso puede moverse por el mundo de los adultos sin ser visto, a veces más de lo que le gustaría.
Los otros, los pequeños que permanecen de este lado del vidrio, tampoco parecen tener un momento libre para su imaginación. Pero éstos, éstos me parecen parásitos, indefinidos, tristes subsidiarios del mundo adulto, el cual se esmera en someterlos con la sistemática lobotomización cotidiana; abombándolos de ideas adultas de “cómo entretener” o “cómo entretenerse”. Así no molestan, así no usan sus cabecitas paralelamente al dominio de los grandes y sin su control, porque creo que éstos tienen pánico de que el mundo en el que viven pueda cambiarse, o al menos pensarse diferente, o simplemente imaginarse otro.
Y a todo esto, ¿los adultos?... los adultos no son tales, son niños con más miedos, sólo que han tenido más tiempo para engordar sus miedos de niños.
Tal vez por eso, nos dedicamos a aprisionarlos, porque somos niños menos libres que los niños que todavía no han crecido.


   
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  federata.com.ar - Año 1 . Nº 6- 2002.
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