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Por Federico Falco
En sus marcas, listos, ya.
Que el tiempo pasa, y nos
vamos poniendo viejos, eso todo el mundo lo sabe. ¡Ja!
Dirá alguna vieja en pleno post-operatorio liftingiano
¡Cómo si eso fuera obvio! Pero es obvio: la esencia
del tiempo es pasar. Pasará pasará pero el último
se quedará. Minga que se quedará, si uno sólo
se quedara, el tiempo no correría, las agujas del reloj
detenidas -¿derretidas a lo Dalí?- los dígitos
digitales del reloj digital, opacados y stand by. No, si el
tiempo no pasa, no es tiempo, porque en el momento exacto
que papaíto-creador-del-mundo dio el puntapié
inicial de este game -¿fair play?- el segundero, que
por esas épocas nebulosas e indistintas, ni miras tenía
de ser, comenzó a correr. Implacable, inexorablemente.
Lindo quilombo se armó. El tiempo
fue la variable z de un universo chiquito y plano que, de
pronto, adquirió espesura, tridimensión. El
tiempo le vino a poner sabrosura a eso anodino que era el
espacio a secas. Desde ese día, carne y uña
andan hechos. Papaíto-creador-del-mundo, cuando vio
el lío en que se había metido ni bien empezar,
desistió de la empresa (y ésta es una suposición
mía, infundada e infundable, que no tiene ningún
tipo de intención denigro-religiosa) y se tomó
las de Villadiego, no sin hacerles antes pisar al palito a
los pobres Adán y Eva, que habrán sido medio
paspados, pero con la curiosidad de la gente no se juega.
Lo de la manzana entonces fue una excusa perfecta, el Barba
se hizo el ofendido y se mandó a mudar. Los hombrecitos...
ni lerdos ni perezosos, lo dejaron ir tranquilo, porque enseguida
advirtieron, que, ni bien a Dios se le ocurra volver, va a
ser "el fin de los tiempos" y ahí sí
que te quiero ver. El tiempo es una flecha lanzada hacia adelante,
y cuando encuentre el blanco, ya no será.
Claro, todo esto pasaba -¿pasaba?- de este lado del
mundo. Del otro lado del mundo -ese donde ahora es de noche
y dónde está mi amiga Candelaria (saludos para
ella) durmiendo muy pancha en un tatami cualquiera mientras
las geishas hacen origami a escala industrial- las cosas parecen
que fueron diferentes. Otro fue el creador que les tocó
en suerte, un tipo mucho más enredado, eso sí,
pero al parecer, menos irresponsable. Allá la onda
es el tiempo cíclico. Todo vuelve, como vuelven las
flores al jardín tras la desolación del invierno,
y como vuelven las oscuras golondrinas -¿empetroladas
las golondrinas?- malditas sean, cuanto mal que le han hecho
a la lírica. La reencarnación está a
la orden del día, y se usa tanto en las calles de Calcuta,
Bangkok, Hong Kong y Tokio, como en nuestra peatonal querida
las remeras del las Chicas Superpoderosas o de las Bandana.
Lo que no se puede hacer en esta vida, se hará en la
próxima y así, todos contentos.
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Así estaban las cosas, medio planeta
con una concepción lineal del tiempo, el otro medio
con una concepción cíclica. Por supuesto, ni
bien lo advirtieron empezaron las celestinas de siempre a
tratar de amigar las posiciones encontradas, con consecuencias
nefastas, obvio, como era tan obvio al principio que el tiempo
pasa.
El instrumento del diablo
Lo de medir el tiempo, siempre fue
un tema de vital importancia. La puntualidad es la cortesía
de los reyes y a los reyes les daba apuro no poder ser corteses
por mera falta de instrumental para ser puntal. Así
que, tanto los de occidente como los de oriente se largaron
a patrocinar la invención del reloj (que etimológicamente
vendría a ser el contador de horas, por lo que parece
que lo del paso de las horas ya lo habían captado,
pero todavía no se habían puesto de acuerdo
en como contabilizarlas). Los de este lado del mundo, acordes
a su idea de un tiempo que se va consumiendo, basaron el sistema
en eso que después los estudiosos de los horarios dieron
en llamar relojes telúricos, que en buen cristiano
serían relojes de tierra o atraídos por la gravedad
de la tierra. Ergo, ahí lo tiene, el reloj de arena.
Era un embole, eso sí, porque había que estar
al salto para ver cuándo la arena se estaba acabando
y darlo vuelta -al reloj, no a la arena- justito justito cuando
el ultimísimo grano atravesaba el embudo vidriado.
A cada vuelta, se anotaba una raya y así se contaban
las medias horas, las horas, los días, lo que fuera,
bah. Claro que siempre había algún vivo que,
para acortar la jornada laboral, me giraba el reloj antes
de tiempo, escamoteándole granos de arena a la hora
y horas de trabajo al patrón. La expresión que
usaban los franchutes para esta ocasión era "a
mangé du sable!" -se han comido la arena-. Con
un sistema más o menos parecido, pero un tantillo más
complicado, tiempo después se inventó la clepsidra,
o el reloj de agua, donde la arena era reemplazada por algún
tipo de sustancia líquida, ya fuera agua, aceite o
alcohol coloreado. Eso sí, era un enchastre de chorreaduras.
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Los de oriente extremo, medio e inicial,
mucho más prácticos y avezados, enseguida le
agarraron la mano al movimiento de las estrellas, a las fases
de la luna y las órbitas de los cometas, en una palabra,
al eterno retorno, y de entrada nomás, usaron relojes
de sol. Confiaban, estos antiguos, en que el sol siempre saldría.
No como los aborígenes mexicanos, mucho más
asustadizos, meta matar gente en sacrificios honorarios, no
sea cuestión que dios sol se embole y un día
ya no aparezca tras las montañas.
Con el tiempo, ¡justo el tiempo! y seguramente de puro
aburrimiento de invertir las ampolletas o desnucados de observar
el sol, los de este lado y los de aquel lado empezaron a hacer
incursiones en la cancha contraria. Con dos o tres guerras,
al principio, e invasiones que te la debo, después,
a los poquitos años ya era un intercambio de saberes,
de robos de manuscritos, y de cotejo de datos que no tenía
fin. Cada uno mantuvo, más o menos, su concepción
del tiempo, pero la forma de medirlo comenzó a mixturarse
de tal manera que el embrollo era alevoso.
Corto mano, corto fierro, pongámosnos de acuerdo o
acá se va todo al carajo, dicen que dijo un emperador
romano. A pura fuerza de espada, estableció un calendario
y todos a marchar al mismo paso. Pero ahicito nomás,
nadie sabe muy bien a quién, se le ocurrió que
sumando engranajes y manecillas podía lograrse un instrumento
capaz de dar con exactitud el tiempo, en todos lados, y a
cualquier hora. Resultó ser el reloj. Y si bien, en
un principio parecía como si fuera un reloj de sol,
donde el sol se reemplazaba por una máquina -y hay
que ver la cantidad de filósofos que pusieron el grito
en el cielo- enseguida advirtieron que y copio textual de
un librito de Jünger sobre el tema: "el reloj de
ruedas no es ni un reloj telúrico ni un reloj cósmico.
Es una tercera cosa, algo creado por el espíritu, que
no da ni el tiempo de las estrellas ni el tiempo de la Tierra.
Lo que el reloj de ruedas da es tiempo abstracto, tiempo espiritual.
No es un tiempo que sea regalado, como la luz solar y los
elementos naturales, sino un tiempo que el ser humano se dispensa
a sí mismo y toma sobre sí" *
De donde resulta que Dios, el de este y el de aquel lado,
se lava las manos, y el tiempo resultó ser culpa nuestra.
Ya no saben más qué endilgarle a uno.
Los tiempos verbales
Lo que marcan las agujas, ése es el tiempo.
La trampilla que encierra el cuadrante -por más que
los que de los que abunden sean los relojes redondos- dividido
en doce es que siempre las agujillas marcan el presente. Un
carpe diem constante. Cuando era chica, y en una época
en que debe haber estado especialmente cargosa, mi prima Marisa
(saludos para ella) cada dos por tres le preguntaba a mi papá
-previsora y pedigüeña la mocosa- qué le
iba a regalar para sus quince años - sí, en
esa época era el sueño de toda niña un
vestido rosa a lo merengue para sus quince años- y
mi viejo, ante tal inquisición, impertérrito,
-para desesperación de mi prima- contestaba: "un
reloj de cartón". Yo lo imaginaba en cartón
de ese doble, con una capa de aire entre las dos láminas
superficiales, hecha de otra hoja toda corrugada, -ese cartón
que se sabe usar para las cajas de aceite-, el contorno del
reloj dibujado con fibra azul y mal recortado. Las agujas,
de trazo inseguro, marcando las doce y diez. Ignoro si alguna
vez tal reloj se confeccionó verdaderamente, pero hubiera
sido lindo verlo, clavado en esa hora -el único tiempo
que marcó vez alguna, por otro lado- un tiempo que
siempre fue pasado, una hora que nunca tuvo presente. Mi prima
se casa en un mes (saludos a Ariel, el futuro esposo), el
tiempo para ella -para todos- siguió corriendo pero
Marisa, en algún lado, tiene un reloj, uno de los pocos
que conozco, que marca el pasado.
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Lo jodido del tiempo
presente, es que no existe mas que un mínimo tiempo.
Hablar del tiempo presente, es hablar de un tiempo pasado,
porque ni bien uno mueve la lengua o tipea la letra, ese
significado para el cual el significante está en
vías de creación, ya ha caducado. La aguja
segundera ya ha corrido mucho tiempo, desde el principio,
incluso desde que yo escribí "segundera"
y no hay manera de hacerle trampa. Por eso, digo yo, los
nombres de los verbos están mal puestos, el imperfecto
no debería ser el pretérito -sobre el cual
uno siempre puede escribir tranquilo, sin apuro, y, de
hecho, es el único que se escribe- sino el presente,
ese que está siempre incompleto, ese inasible,
y al que, sin embargo -paradojas de la gramática-
le llaman "perfecto".
La búsqueda del instante perfecto, la posesión
de ese fragmentito de tiempo en que un determinado acontecimiento
es, y en el fragmente siguiente ya no, no es tema menor.
En algunas familias, cuando muere el nonno o quien corresponda,
corren a detener el reloj. La intención es atrapar
el instante justo en que el muerto comenzó a ejercer
como tal. Claro que si es una familia de esas bastante
estrictas con los horarios la operación resulta
todo un ejercicio de sincronía y comunicación.
El nonno en la cama, en las últimas. Los hijos
rodeándolo, expectantes... uno agarrado al pulso,
otro sosteniendo un espejo debajo de la nariz del futuro
difunto, otro -si la tecnología no es poca- auscultando
el pecho. Del otro lado de la habitación, parada
en la puerta, haciendo de nexo entre el dormitorio y el
living, una nuera que pregunta a cada momento |
-¿murió?
Y los hijos que responden, rápido.
-no, todavía no.
y siguiendo la cadena, la nuera transmite, entonces, la respuesta
a los dos o tres nietos encaramados uno encima del otro, el
de más arriba, con la mano a un milímetro de
distancia del péndulo del reloj, que aún se
mueve, atento al aviso para detener el tiempo en el tiempo
exacto. Ni tiempo para el llanto les queda.
¿Y todo para qué? Para enterrar al parotto y
ponerle en la entrada del panteón una placa con un
reloj de lata que marque "la hora fatal". Tanto
trabajo y mi diversión cada dos de noviembre de mi
infancia era alterar esas agujas -en secreto, sin que nadie
me vea, toda una operación a lo James Bond- haciendo
morir a la gente antes, o alargando la existencia de algún
finado, mientras mis abuelos terminaban de poner en orden
los búcaros y de plumerear los féretros del
panteón familiar.
La aceleración resultante
Claro que el tiempo ya no es lo
que era - y tampoco es mi intención caer en aquello
de que todo tiempo pasado fue mejor- pero entre tanto cable
módem, fibra óptica, internet de aquí,
CNN de allá, el tiempo se ha vuelto más fluido.
No es que las manecillas giren más rápido, que
si no le sacarían humito a los engranajes, sino que
más cantidad de cosas entran en la misma cantidad de
minutos. El bombardeo de información, que le dicen.
Antes, mucho antes, llegar de un punto a otro, de Córdoba
a Cabrera, por ejemplo, podía tomar un día entero.
Que un mensaje transitara toda esas distancias dependía
de la destreza de una serie de chasquis, la estratégica
ubicación de una serie de postas, y el despiste, o
el perdón estratégico de una serie de malones.
Ahora, depende de un simple SEND. La onda es lo instantáneo,
lo inmediato. El sentido de la espera se ha acortado. Espera,
esper, espe, esp... ahora simplemente es. Todo es en el mismo
momento en que es, y es en todos lados. El tiempo, ahora,
es tiempo real y lo mide la pila de litio de la PC, que hace
ding cuando alguien, en el mismo instante, nos envía
un mensaje, aunque sea de ese otro lado del mundo en que está
mi amiga Candelaria (a la que ya saludé, pero van saludos
reiterados y repetitivos, porque se la extraña a la
Negra). Y es tan real y tan presente, el tiempo, que de pronto
el presente empieza a ser demasiado lento, y a quedar rezagado.
El presente no alcanza, necesitamos más presente. Como
esos bares tan de moda en el otro mundo, dónde se sirve
O2 en tubitos, necesitaríamos, ahora mismo, comprimidos
que elastizen y elongen nuestro instante presente. Mozo, un
presente para la mesa dos.
La velocidad lo atravieza todo -Virilio dixit- y hasta el
mismo acto íntimo de la escritura se ve afectado por
la celeridad de las cosas. Lo secreto de una carta, dónde
el destinatario era imaginado, al dibujar cada letra, en su
futuro recorrido sobre el cuerpo de esa letra, e imaginada
cada emoción que, palabra a palabra, nuestro mensaje
le suscitaría, se ve ahora destruido por el instante
mismo. El instante compartido. Tecleamos rápido, Messenger
de por medio, y olvidamos signos por el camino, palabras inconclusas,
mensajes alterados por la velocidad de un tiempo que nos come
los talones. La velocidad de un tiempo nuevo cruza lo íntimo
y regula el gesto de comunicarse con el otro. El otro que
está del otro lado del mundo, del otro lado de la pantalla,
del otro lado del lado, y que con la misma velocidad y dislexia,
tipea la respuesta.
El tiempo es oro. No, no es cierto. ¿Quién anda
con oro en el bolsillo hoy en día? El tiempo es pesos,
en el mejor de los casos, sino, es lecop, lecor, patacones
o lo que el ciber acepte. Pertenecer tiene sus privilegios,
era lo que se comentaba, pero pertenecer cuesta. La hora de
navegación ha aumentado, y yo ya hace un buen rato
que los tengo aquí -¿han llegado hasta aquí?-
leyendo. Palabra tras palabra, con el vistazo a cada una,
han avanzado en la lectura y en el tiempo. Cuando salgan,
tendrán que pagarle al chico de la entrada por el tiempo
consumido. Está el resto de FedeRata por leer. Está
el reloj corriendo.
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Está el reloj corriendo.
Por su tiempo, muchas gracias.
*. Ernest Jünger,
"El libro del reloj de arena". Tusquest Editores.
1998.
Diseño de nota. Romina Dal
Zotto
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06. ElTiempo
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