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Por Diego Vigna
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Los anteojos o
la barba, algo de eso se tocaba el tipo cuando el discurso
propio comenzaba a interesarle. Otras veces se peinaba
el bigote con los dedos, hasta llegar a la comisura de
los labios, o redistribuía los siete u ocho pelos
que le flotaban en la cabeza.
Sinceramente no me acuerdo cómo ni por qué
surgió la charla. Sí tengo presente el escritorio
donde se quejaban sus párpados cargados de años,
y aquél sol de media mañana que también
fue testigo de esas extrañas confesiones. El profesor
era un hombre raro, aunque su edad ya no le permitía
mostrar una imagen dinámica de su rareza; el tipo
parecía estar en la curva descendente del camino,
con el cuerpo tomado por una mezcla de quietud y desencanto.
Pero hablaba, de vez en cuando, y en esa escena me tocó
a mí escucharlo:
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“Pensá bien las cosas,
pibe. Algún día te vas a dar cuenta por dónde
viene la mano. Ya vas a entender que nuestra idea del tiempo
deja espacios en blanco cuando se analiza en profundo, porque
su esencia misma ya forma parte de la nada. Con el sólo
hecho de existir nosotros envejecemos, aunque desgraciadamente
no seamos testigos de ello... el hombre no puede determinar
ese instante que refleja exactamente cómo suceden las
cosas, porque en realidad no existe. Todos hablan y conjeturan
sobre pasado, presente y futuro, aunque sólo se puede
percibir una de esas instancias”, expresó desde
el arranque, como para empezar a cachetearme el cerebro. El
tipo estaba despojado de cualquier gesto, y después de
golpear dos veces un cuaderno, continuó escupiendo ideas
para explicarme un poco más sobre su concepto global:
“Está claro que nadie logra describir una imagen
o un hecho que esté por ocurrir. Eventualmente se pueden
imaginar las características más groseras de lo
que ocurrirá, pero la precisión del acontecimiento
es inalcanzable. Y así como no podemos predecir nada,
tampoco hay que aceptar el presente, ni esa mentira del disfrute.
Toda la voluntad que se utiliza para ser fiel testigo del ‘ahora’
no tiene sentido. Son instantes infinitamente breves, de tal
modo que resultan imperceptibles. O mejor dicho, sólo
pueden disfrutarse cuando forman parte de lo ya ocurrido. Es
así, lo que viene es indescifrable, y el presente inexistente,
aunque a vos te resulte demasiado difícil entenderlo...”

Y efectivamente tenía razón: en ese momento fue
difícil entenderlo, pero más complicado aún
fue soportar la incógnita que generaron las últimas
palabras de su discurso. El profesor creía en un tiempo
constituido por los recuerdos, por la propia memoria, en donde
las personas delimitan sus caminos, virtudes y errores, con
la posibilidad de regresar a felicidades agotadas, o disfrutar
de aquellos que ya no pertenecen a este mundo. Según
él esa era la forma de controlar el devenir de los únicos
hechos reales, modelando las situaciones con la capacidad del
recuerdo, eliminando aquello que produce angustia, utilizando
las pocas certezas que se encuentran dentro de la incertidumbre
que nos envuelve.
“¿No te parece? Si todavía te cuesta, fijate
bien: esta charla también forma parte de tus recuerdos.”
Pobre hombre. Hace un par de semanas me avisaron que el profesor
falleció en el Hospital Regional, víctima de una
enfermedad terminal que venía arrastrando desde la última
vez que pude visitarlo.
Eso fue hace unos meses; él ya estaba postrado en una
cama de la terapia, con una imagen tan triste que hasta daba
lástima mirarlo a los ojos. En el único rato que
estuve me confesó haber visto una imagen futura, en donde
era acorralado por las paredes de madera, al mismo tiempo que
le cerraban la tapa del féretro justo frente a sus narices.
Y decía que pudo oír los llantos, junto con el
sonido de las piedras que lo hundían en el verdadero
olvido.
Después no habló más.
Cómo son las cosas, ¿no? Finalmente el viejo dejó
de existir, y no pude preguntarle nada sobre todo lo que me
había dicho aquella vez, ni alcancé a contarle
algo acerca de mi vida... el profesor se murió de a poco
y sufriendo, desesperado por el propio miedo a lo desconocido,
con el mismo olor a fracaso que tenía mientras dictaba
sus clases.
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En muchas ocasiones sentí la necesidad de sospechar íntimamente
de todos los enredos existenciales que nos inundan la cabeza,
y por esa razón dediqué distintos momentos de
mi “locura” para indagar el desconocido rincón
de los recuerdos. Entre todo el equipaje encontré el
pecho arropado de mi abuelo en la tranquilidad del patio, aquél
recorrido cordillerano junto a mi familia, un llanto desconsolado
abrazando la pierna de mi madre, y otro montón de situaciones
dispares, como un inventario de las distintas crisis que atravesamos,
la constante falta de respeto entre las personas, el deseo interminable
de dominarse unos a otros, la mentira de ayer y de siempre...
en fin, lo cierto es que ese hombre raro, quizás sin
proponérselo, me abrió la puerta para valorar
esta parte del juego que se construye desde adentro, y que se
complementa en cada uno de nosotros con una necesidad casi instintiva
de mirar hacia delante, para esquivar la tristeza de lo que
ya no es, para ignorar la pérdida de lo irrecuperable.
Es cierto que aún no entiendo bien de qué se trata
todo esto: ni siquiera pude determinar si el tiempo persiste
dentro o fuera de la mente. Pero esta experiencia me brindó
la posibilidad de sentirme único, satisfecho, con sólo
recorrer toda la belleza que se acumula en mi historia. Aunque
sea pude disfrutar de ese espacio en donde sonrío con
mis hermanos y descanso junto a mi abuelo, y escapar de la misma
realidad que visitó al profesor antes de empujarlo al
otro lado.
Él también guarda su lugar en mis recuerdos. De
vez en cuando intento preguntarle cómo se siente, pero
no contesta. Lo noto aterrado, con el último brillo en
los ojos, esperando el sonido de las piedras para hundirse,
de una vez por todas, en el olvido.
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