Por Carina Zinmino


“La vida es demasiado pobre para no ser también inmortal.” J.L.B.

Un manojo casi infinito de percepciones y deseos de percibir. Eso es el tiempo: mis horas son mi tiempo y tus segundos el tuyo. No hay nada más allá de tu mente o la mía, ni de la mente de mi perra cuando espera ansiosa que le abrás la puerta y le des de comer.
Cada uno en su cabeza y su mente hace su tiempo y espacio a su medida, lo que importa es que nos alcance y que no nos sobre. ¿Quién me asegura que ahora mismo no estoy en un futuro posible durmiendo la siesta o almorzando con mi mejor amiga? De pronto podemos encontrarnos rodeados de yoes y tues multiplicados en un charquito de una vereda cualquiera, y pensar que si no hubiésemos doblado a la derecha en esa esquina, no hubiésemos pisado el charquito y por lo tanto, no habríamos visto nuestra imagen una y mil veces reflejada en ese microcosmos callejero. La vida está hecha de eso: de decisiones que abarcan un par de segundos y determinan todo nuestro futuro. El destino y el tiempo son una misma cosa, el espacio es la misma cosa, está todo acá, en la cabecita. Y desde acá lo programamos cada mañana y cada noche como mejor nos parece.
El tema es que ese aparatito que suena de vez en cuando, y al que de vez en cuando escuchás, no es más que una mentira inventada por UN hombre para que sus ganas de ver a su amante coincidieran con las ganas de ella. Y resulta que ahora todos tenemos uno de esos en la muñeca y nos condiciona hasta a la hora de hacer el amor. Cuándo está bien, qué es mucho, qué es poco, cuántos minutos debo demorar en masticar la pera que elegí como postre y, por qué no, cuánto en leer las 465 páginas del Facundo.
Sin embargo lo que yo demoro puede que no sea lo que ustedes piensan. Nadie sabe cuanto dura cada noche para mí, ni cuantas horas tuvo la tarde del 29 de agosto, ni cuanto hace que no soy feliz. Alguno podrá arriesgar una cifra y pensar que un simple cálculo resolvería la cosa, pero no. ¿No? ¡No! No lo resolvería, porque no es cuestión de números, sino de ganas, deseos y sensaciones. De golpe un solo beso puede durar siglos mientras es besado y en el mismo instante en que acaba pasar a haber durado lo suficientemente poco como para querer otro.
"Todo parecía estar a la espera de algo", nos dice Juan Rulfo en una de las escenas de Pedro Páramo. Entonces el mundo deja de girar por algún tiempo y las ganas de alguien mantienen intacto su presente. Sino mirá a esa Penélope de café, que desde que él la dejó no hace más que perder todas y cada una de sus mañanas en el café que el infeliz tiene con la mujer. Siempre con el mismo trajecito sastre que le regaló y los mismos aros. Él ahora está viejo, tiene tres hijos y el sastre gris pasó de moda, sin embargo "su" mundo no cambió en nada y aunque el café aumentó, la propina sigue siendo de cincuenta centavos. Al mediodía saluda y se va, sin mirar el reloj obviamente y sin pasarse ni un segundo de las doce. Mientras tanto, él todas las mañanas se encuentra a su pasado en el café y su mujer piensa que la pobre loca no tiene futuro. Tal vez lo más sano sea bajarse de vez en cuando y dejar que el mundo siga girando. Siempre y cuando uno no se maree mucho cuando intente subir de nuevo y vea que todo se fue al mismísimo carajo sin importarle un pito que uno se haya perdido un par de años. Seguramente Juan podría explicar mejor que yo esto del tiempo, porque sabe bien de lo que estoy hablando. De golpe todo se suspende y entonces, puedo ver cómo me entierran abajo del paraíso de la casa de mi infancia, mientras espero que se caliente el agua para el mate.


   
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  federata.com.ar - Año 1 . Nº 6- 2002.
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