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Por Federico Falco
Beatriz Sarlo dice que las
nuevas tecnologías de la comunicación y la instantaneidad
de los mensajes han acelerado tanto al tiempo que continuamente
se produce un efecto de vacío sobre el pasado. ¿Será
eso lo que nos afecta cuando pasamos, periódicamente,
a darnos una vuelta por nuestro cambalache de confianza, a
revolver trastos viejos, escalar montañas inestables,
preguntar precio de cosas innecesarias pero irremplazables?
Cuando se hace vacío, los flancos se estrechan y hacia
donde estaba el hueco son atraídos, en plena succión,
los costados más cercanos, para llenarlo. Nos ocupamos,
entonces, de succionar hacia atrás, y hacer presente,
de nuevo, a todo eso que, suponemos, constituye un pasado:
o, mejor, nos da un pasado. Es, al parecer, la necesidad de
tener ligazón, o raíces, la que dirige, entonces,
las modas retros, y las historias antiguas que se cuentan
nuevamente.
Cada tanto, alguna familia de alcurnia venida a menos remata
los muebles recién heredados de un antepasado recién
muerto. Los compradores que asisten a esos remates, en general,
buscan en la posesión de tal mobiliario un prestigio
y posicionamiento social que por alguna razón suponen
no tienen. En cambio, no es esto lo que busca quien recorre
un cambalache. Su búsqueda no es la de linaje pasado
y ajeno que disimule orígenes verdaderos, y tampoco
lo encontraría. En su recorrido, el frecuentador de
negocios de compra y venta puede encontrar, sin tanta preparación
ni espamento, casi todos los días del año, y
con un poco de suerte, nada de alcurnia, pero sí olor
a viejo mezclado con pis de gato y tal vez, algún mueblecito
interesante, sin estilo y mal despintado, pero simpático;
que no sólo mantendrá, por ser casi una baratija,
a resguardo la economía del hogar –en estas épocas
de vacas flacas- sino que también sumará una
cuota de pasado y de historia a nuestra historia. En esas
especies de museos improvisados, donde reina el cachivache
mal acomodado, es donde se dibujan los flujos de la correntada
que atraída por el ojo de la tormenta del tiempo acelerado,
satisfacen nuestra necesidad de contacto con lo pretérito.
Un objeto, una cosa, marcados por vidas pasadas de las cuales
uno nada sabe.
Abrir el envoltorio de un objeto “recién comprado”
implica la aventura de ser el primero que traspasa ese envase
sellado al vacío. Ingenuamente creemos estar atravesando
terreno virgen. En cambio, descubrir el sobado de miles de
manos –o de una sola mano miles de veces- sobre la manija
de un ropero añejo, es, al posar el tacto sobre el
hueco que predecesores han horadado, continuar una historia,
sumarse a un colectivo, ser parte de un grupo del que es imposible
nada saber más allá de los datos escuetos (si
es que los recuerda o los inventa) que el vendedor puede darnos.
Y esa mano, repitiendo el gesto, continúa la historia,
hace un remanso en el fluir, ata a la orilla y conjura un
futuro demasiado adelantado.
Tal vez tenga razón Sarlo, y obedezcamos, con nuestras
compras, a una necesidad contextual. O tal vez, sea sólo
amor por los trastos, o la búsqueda de ese placer,
nunca olvidado, de encontrar una perla entre tanto desperdicio,
que seguimos perdiendo tiempo y ensuciándonos las manos
en estos lugares. Para los iniciados, esto, seguramente, no
es nada nuevo, pero para aquellos que nunca lo han probado,
vale la pena el intento.
Cambalaches en Córdoba:
Calle Tablada del 0 al 100.
Catamarca, entre el 150 y el 200.
Alvear, casi llegando a Catamarca.
San Jerónimo del 500 al 600.
Salta y Lima.
Remar: Esquiú 1550.
Calle Belgrano y zona Paseo de las Artes.
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